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Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa romance Capítulo 95

―Sí, así es. Esta sierra está diseñada para cortar texturas semejantes al yeso. Gracias a la velocidad y el material, no hay riesgo alguno para los pacientes.

―¿Y no pensó en demostrarlo cuando estaba temblando de miedo mientras pasaba esa sierra por mi brazo? ―repliqué.

Lo pensó unos segundos, mirando el techo.

―No lo pensé en su momento ―Se rascó la barbilla―. En fin, le escribiré la receta ―Rodeó su escritorio y se sentó en su silla. Se puso a escribir unos jeroglíficos que no eran entendible para el ojo humano―. Okey. Esta es para la crema, esta es sobre su alimentación y estas son sus vitaminas.

Tomé las recetas con rapidez antes que lo hiciera Derek, que ya tenía la mano estirada.

Las leí. Mejor dicho, lo intenté. No distinguía bien lo que decía, pero tenía algo por seguro, faltaba unos medicamentos muy importantes.

―No me recetó analgésicos.

La doctora se enderezó y respiró profundo, como si estuviese a punto de tener la conversación más difícil de su vida.

―A partir de ahora puedes tomar analgésicos que no necesitan receta médica.

Negué con la cabeza.

―Aun me duele. Necesito analgésicos fuertes. Pasé por una cirugía mayor ―hablé con un poco más de dureza de la que quise utilizar. Levanté mi brazo, para asegurarme que la doctora no había olvidado ese pequeño detalle.

―Por su propio bien, no puede seguir tomando esos analgésicos. Son adictivos y queremos evitar que los pacientes dependan de ellos.

―Entonces, ¿debo vivir con dolor? ―refuté.

―No, puede tomar otros analgésicos que no necesitan recetas. Son de venta libre.

―Pero esos no me van a servir. Necesito analgésicos fuertes, como el vicodin o el tramadol, que es lo que me ha estado prestando cada vez que me duele ―dije, alterada. Esta conversación me estaba sacando de quicio.

―Va a tener que sobrellevarlo con otros analgésicos, legalmente, ya cumplió las semanas correspondiente para usar el medicamento. No puedo darle otra receta o podría ser multada. Lo lamento ―dijo la doctora con firmeza.

―Escucha lo que dices, te estás molestando por unas pastillas ―replicó.

―Unas pastillas que quitan el dolor.

―Ya lo sé. Buscaremos otras alternativas, probaremos con otros medicamentos, incluso con remedios naturales ―Me hablaba como si estuviese a punto de estallar.

―No, yo quiero las pastillas que me están funcionando ahora. Me duele el brazo ―Lloriquee, a nada de entrar en pánico.

La mano comenzó a temblar me, así que la oculté detrás de mi espalda.

―Te ha dolido el brazo durante años, pero jamás te pusiste así por unas pastillas ―frunció el ceño, algo parecido a la preocupación cruzó su rostro.

―Exacto. Viví con dolor y jamás encontré unas pastillas que lograrán quitarme ese malestar, esa presión, esa punzada. Pero por fin hallé un medicamento que me funciona y por primera vez en años, no siento dolor alguno. Me niego a volver a experimentar dolor cuando me estaba acostumbrado a vivir sin el.

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