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Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa romance Capítulo 97

Las palabras se me atoraron en la garganta. El hombre me miró con una sonrisa despampanante. Era el mismo hombre de la habitación de tortura, el empleado del señor Martín. Y el mismo hombre que me fracturó el dedo.

―Mira a quien tenemos por aquí. ¡Qué sorpresa! ―Me tomó de la muñeca y solté un chillido ahogado.

Pensé que me la rompería. No podía verlo sin pensar en su persona sobre mí, rompiendo mi dedo, amenazando con cortarlo. Tenía sujeta la misma extremidad que acababa de ser curada.

―Divarios ―susurré.

Pese a la sonrisa cálida que me ofrecía, sus ojos carecían de vida, como si su alma hubiera abandonado su cuerpo hace muchos años y solo fuera un cascarón vacío cuya única misión era cumplir órdenes.

―Vaya, te acuerdas de mí.

«Creo que nunca podré olvidarte, lastimosamente».

Traté de zafarme de su agarre, pero fue inútil.

Levantó mi brazo, observando la cicatriz rosácea que adornaba mi antebrazo. Pasó la yema de sus dedos y sentí un escalofrío, como si millones de agujas se clavaran en la zona y atravesará el hueso.

―Que bonita cicatriz, aunque yo no te lo hice ―dijo con pena, frunciendo el ceño.

No quería tenerlo cerca, no quería que me tocará.

―¡Suéltame! ¡Aléjate de mí! ―grité con fuerza, forcejeando con esmero.

Las personas que pasaban por la calle volteaban a vernos, pero nadie hacía más que eso. Nadie me ayudaba. Simplemente, nos miraban y seguían caminando, como si esto fuera normal.

Ladeó la cabeza, con una expresión de desesperación.

De pronto, me empujó con una mano mientras con la otra sujetaba mi muñeca. Retrocedí contra mi voluntad, tropezando con mis propios pies. Terminé contra la pared de un callejón, pero no estaba oscuro, aún era muy temprano, podía ver a la gente pasando por la calle. Sin embargo, nadie estaba interesado en ayudarme.

Negué con la cabeza. Sentía que el aire abandonaba mis pulmones y que en cualquier momento terminaría ahogada con mis lágrimas.

―¡No, prefiero morir antes de ir contigo!

Fingió un puchero y miró mi mano.

―Parece que el anillo no termina de entrar ―dijo con calma, la obvia amenaza recorrió mi espina dorsal.

Era cierto, ya que quedó a mitad del dedo. Esa pieza fue diseñada para no poder sacarla, obviamente para entrar iba a ser igual de difícil. Pero sabía lo que tenía planeado.

―¡Ah, ya se. Tengo una idea! ―repitió las palabras que dijo al romper mi dedo.

―¡No! ―grité y con mi mano disponible,, enterré mi uña en su ojo.

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