Capítulo 108 Masajear los puntos de presión era algo que hacía con soltura.
Por más que le pesara, su conciencia lo había obligado a masajearla durante mucho tiempo al inicio de su recuperación. Ahora que retomaba esa rutina, no había perdido la habilidad: localizaba los puntos con precisión y los trabajaba con dedos firmes.
Le dio masaje durante media hora completa, y hacia el final, ella ya sentía los ojos pesados. Cuando él la cubrió con la cobija, el movimiento la despertó; solo entonces se dio cuenta de que había terminado.
—Voy a lavarme las manos —dijo él, con las manos cubiertas de aceite medicinal.
Olivia se dio la vuelta y quedó de cara a la pared para volver a dormir.
Él regresó enseguida y se recostó detrás de ella. La cama era tan pequeña que su cuerpo quedó pegado al de ella.
Por instinto, ella se movió hacia el lado interior, pero él la detuvo rodeándole la cintura con el brazo.
—¿Estás dormida? —le preguntó en voz baja.
"Aunque estuviera dormida, me despertaste de todos modos".
—Sí—respondió ella.
—¿Y hablas dormida? —Se acercó un poco más.
Bueno, entonces ya no hablaría.
—Te voy a contar algo —dijo él—. No te puedes reír.
¿Qué podría contarle que le diera risa?
—De niño era muy... ingenuo. Antes de dormir jugaba a escondidas con mi videojuego portátil, de esos pequeños. ¿Tú los usabas de chica? Mi abuela se dio cuenta de que no me había dormido y fue a revisarme. Me dijo que los niños cuando duermen en serio tienen la boca abierta, y que si no la tenía abierta era porque estaba fingiendo. Yo, de tonto, abrí la boca en ese momento. Mi abuela se rio tanto de eso que lo contaba hasta que yo tenía diez años...
Olivia no se rio.
No podía.
Era la primera vez en cinco años de casados que él tomaba la iniciativa de hablarle tanto.


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