—Señor Herrera, cuánto tiempo. Primero, bebamos algo.
Adrián había colaborado antes con la familia Herrera y, en esta ocasión, su junta se debía a que su contrato había expirado. Tuvieron una colaboración muy buena por los cinco años que duró, ya que sus ganancias iban en aumento. El negocio de la familia Andrade se basaba en la exportación de frutos secos, que se expandió a la exportación de varios bienes.
Natán alzó su copa de vino y bebió, su mirada incomprensible oscureciéndose. Sin la necesidad de usar palabras sobrantes, fue al grano:
—Me enteré de que desea extender nuestra fecha del contrato, señor Andrade. Quiero un aumento de 0,5 % en nuestras ganancias.
Aunque esta cantidad sonaba como muy poco, sería una gran diferencia de diez millones para proyectos a larga escala. Adrián se rio mientras abrazaba a una mujer con su mano derecha y sostenía una copa de vino con la izquierda.
—Eso no será un problema. Hemos trabajado por tanto tiempo y sé que usted es un hombre justo, señor Herrera. —Puesto que la familia Andrade aún debía depender del Corporativo Herrera para obtener ingresos, procuró no estropear su relación; además, el aumento lo consideraba razonable. Adrián le dio un codazo a la mujer que tenía abrazada—. ¿Acaso no le darás las gracias al señor Herrera?
La mujer se levantó. Era de figura alta y delgada, su cara linda y su maquillaje era tan grueso que parecía vampiresa descarada al acercarse a Natán. Adrián la trajo en especial para ofrecérsela a Natán. Ella no sabía que él fuera tan apuesto antes de verlo y bastó con una mirada para que su corazón se acelerara. Antes de que pudiera acercársele, Sebastián la detuvo.
—El señor Herrera no está interesado. Por favor, apártese.
«Él no puede tocar a otras mujeres; si no, se meterá en problemas. Además, esta mujer no es del tipo del señor Herrera en absoluto».
La mujer alteró un poco su expresión: «Ni siquiera le hice nada. ¿Cómo sabe aquel que no le gustará? Soy una mujer perfecta. ¡Cualquier hombre caería ante mí!».
El apuesto rostro de Natán se tornó sombrío; se permaneció callado, pero su semblante era equivalente a un rechazo implícito. Para adular a Natán y forjar una buena relación, Adrián renunció a una mujer y se la ofreció primero; no se imaginaba que a este no le gustaría. Aun así, no se mostró incómodo; al fin y al cabo, había conocido a muchos hombres que encontraban excusas para rechazarlo a la primera. «Eso solo es superficial. ¿A qué hombre no le gusta la buena apariencia?», pensó.
—Señor Herrera, la señorita Tatiana no es como otra mujer. Quizá se dé cuenta de ello si lo intenta. No es necesario que rechace mi oferta. Somos hombres; nosotros entendemos.
A muchos les gustaba ofrecer mujeres para establecer relaciones en el círculo de negocios, ya que era la manera más rápida de crear una conexión. Daba la sensación de que estarían en la misma situación dado que pecaban juntos. De esa forma, sin importar qué tipo de colaboración fuera, las negociaciones se llevarían a cabo con facilidad.
—Le pediré a mi asistente que envíe el contrato mañana —dijo Natán al levantarse de manera brusca—. En cuanto a esa mujer, es toda suya, señor Andrade. —Adrián, detrás del otro, quiso decir algo más, pero la figura alta ya se había dirigido hacia la puerta.
Era la primera vez que rechazaban a esa mujer de forma tan despiadada: «Ese hombre ni siquiera lo intentó. ¿Cómo está seguro de que no le gusto?». Con una mirada enfurecida, pasó junto a Sebastián y se salió. No tardó en alcanzar a Natán… Dio un suave salto y lo abrazó por los hombros.
—Señor Herrera, ¿por qué se va con tanta prisa? ¿Acaso le da vergüenza verme? ¿Por qué no lo acompaño un rato más? O podría seguirlo de vuelta… —Luego, con insolencia, le dio un beso en la oreja a Natán.
El hombre sintió cómo le recorría una oleada de calor, empezando a mostrar síntomas de alergia. Casi sintió que había perdido el control de su corazón y apenas podía respirar. Entonces, apartó a la mujer con suma fuerza.
—¡Piérdete! —sonó su voz grave y ronca, señal de que estaba teniendo una reacción alérgica.
Sebastián se sintió frustrado: «¿Acaso esta mujer no entendió lo que le dije? Le dije que no se le acercara al señor Herrera. ¿Cómo se atreve a echársele encima?». Él se acercó enseguida para ayudar a Natán.
—E-eso es porque el señor Herrera comió champiñones. En realidad, no puede comerlos; de hacerlo, tiene una reacción alérgica…
Cristina frunció el ceño, dudosa: «¿Por qué nunca escuché que Natán sea alérgico a los champiñones?».
—Señora Herrera, lleve primero al señor Herrera a la habitación para que descanse. Me preocupa que se encuentre mal.
Sebastián estaba tan ansioso que estaba a punto de llorar: «Si no fuera porque el señor Herrera se niega a ir al hospital, lo habría llevado allí para que le pusieran una inyección. Al menos es la forma más segura y favorable de tratar sus síntomas».
—Está bien. Te llamaré si pasa algo. —Como un pequeño conejito sosteniendo a una bestia gigante, Cristina sostuvo al altísimo hombre. Aquel espectáculo era, de hecho, un tanto extraño, pero reconfortante.
Luego de subir las escaleras, trajo una toalla humedecida con agua tibia para ayudar a Natán a limpiarse la cara. Bajo la luz, la mirada de Natán, que por lo regular está llena de hostilidad, parecía aturdida. Un ceño fruncido empañaba un poco su semblante y, bajo el puente de la nariz, se veían sus seductores labios. Emanaba una intensa aura masculina de la cabeza a los pies, hipnotizando por su buena apariencia y encanto a primera vista.
—Oh… ¿Por qué tienes tantos puntos rojos? ¿Por qué no vas al hospital a que te revisen? —Cristina, sin duda, se quedó atónita al verlo. En un principio, pensó que solo tenía síntomas en el cuello, pero se dio cuenta de que también los tenía en el pecho cuando le desabrochó la camisa y vio su pecho definido.
«Esto parece muy grave. No puede quedarse así en casa».
Cuando tomó el teléfono para llamar a Sebastián, una mano le agarró la muñeca con mucha fuerza.

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