El descontento de Natán se desvaneció al mirar la cara inocente de Cristina y le secó el cabello con el pañuelo de seda.
—¿Por qué fuiste a un evento como ese?
«Aún seguiría empapada si yo no hubiera venido por haberme preocupado. Sabe muy bien que se encuentra débil. ¿Qué tal si se enferma?».
—Solo fui porque es tu prima —contestó, ofendida ante su pregunta—. No es como que quisiera ir. —Ella ya pensaba en irse y no esperaba que algo así sucediera.
—¿Y qué si es mi prima? Si no querías ir, no tenías que hacerlo. —La expresión de Natán seguía tensa—. Además, ¿cuándo te di permiso de ir? —preguntó con tono grave y firme, teñido de inconformidad.
Cristina no pudo evitar suspirar, sin saber cómo defenderse: «¡Parece que me está echando la culpa!». Natán estaba tan acostumbrado a ser solitario que hacía las cosas a su manera, sin preocuparse por los sentimientos de los demás, mucho menos se preocupaba por mantener relaciones. Aun así, ella no se atrevió a rechazar la invitación de un familiar, pues la habría hecho ver fría y distante.
—Olvídalo. Incluso si te lo explicara, no lo entenderías —dijo Cristina de mala gana. El ligero enfado en la mirada de Natán se intensificó y, luego de decirle que se secara el cabello, empezó a revisar los documentos.
De regreso a Mansión Jardín Escénico, Cristina apoyó la cabeza en la ventana del coche y se quedó dormida. Un rayo de luz iluminó su perfil; sus largas pestañas proyectaban sombras bajo sus ojos, haciéndola parecer tan hermosa como una pintura al óleo. Natán la bajó del coche, perturbando el sueño de Cristina, quien se movía antes de hundirse más en su abrazó.
Al entrar al dormitorio, Natán la recostó en la cama con suavidad y le acomodó los mechones del cabello detrás de las orejas, admirando su rostro encantador. Luego, con el dorso de la mano, acarició su suave mejilla y, en respuesta, ella se acurrucó contra él sin darse cuenta. Él parpadeó y se agachó para abrazarla. Las estrellas, que brillaban en el cielo nocturno, atestiguaron la apasionada escena que se desarrollaba en el dormitorio.
A la mañana siguiente, Cristina se despertó atontada y adolorida. Se llevó la mano a la frente y se sintió tranquila al ver que no tenía fiebre. Cuando miró que eran más de las nueve de la mañana, se levantó con dificultad y buscó en su bolso el frasco de pastillas. Lo abrió y se metió una pastilla blanca en la boca, ignorando por completo que se la habían cambiado.
Ahora que su carrera estaba en ascenso, no quería que el embarazo fuera un obstáculo; aún estaba a tiempo de pensar en ello cuando su carrera se estabilizara. Entonces, Natán abrió la puerta y entró con el desayuno. Por casualidad, vio a Cristina guardar el frasco de pastillas en el cajón.
—Ven aquí y desayuna. —Una mirada sombría brilló en sus ojos.
—De acuerdo —respondió Cristina y se acercó.
Los dos desayunaron en silencio. Ella alzó la mirada en silencio y observó la expresión de Natán, la cual cambió al ver el frasco de pastillas. «¿Le estoy dando vueltas al asunto o de verdad quiere un bebé?», se quedó pensando por un rato. No dijo ni una palabra y se dirigió al estudio tras terminar de desayunar.
En cuanto entró, Cristina vio una figura delgada sentada en el sofá y, en el aire, había un fuerte aroma a perfume, que la hizo estornudar. Jimena, quien estaba en el sofá, se acercó y, tocándole el brazo, le preguntó con amabilidad:
—Señorita Cristina, ayer no se resfrió, ¿verdad?
Cristina, disgustada ante su susceptibilidad, le apartó su brazo.

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