Ni siquiera el propio Luciano estaba seguro de si realmente creía en la inocencia de Talía.
La atmósfera pacífica del desayuno se volvió tensa de golpe. Un silencio sofocante llenó el reservado, un silencio tan profundo y pesado que daba miedo.
De pronto, el timbre del teléfono de Talía rompió la tensión, sacándolos a ambos de su ensoñación.
—¿Bueno, mamá?
—Talía... ven rápido al hospital... Tu padre... —La voz de la señora Blasco sonaba ahogada, entrecortada, y apenas se le entendía.
El corazón de Talía dio un vuelco. Se puso de pie de un salto. El recuerdo de aquella horrible noche de hace cinco años cruzó su mente como un relámpago, tan similar a este momento, que sintió un nudo apretándole el estómago. El pánico a que algo terrible hubiera sucedido la paralizó.
—Mamá, ¿qué le pasó a mi papá? —preguntó, tratando de mantener la compostura, aunque su voz temblaba.
Luciano se preocupó de inmediato. Clavó la mirada en ella, temiendo lo peor.
—No, no te asustes... ¡Tu padre ya puede hablar! ¡Pudo decir una frase completa!
La señora Blasco, dándose cuenta de que había asustado a su hija por la emoción, se apresuró a explicarse, sin poder ocultar la inmensa alegría en su tono.
—¿De verdad?
Los nervios de Talía desaparecieron de un plumazo y sus ojos se llenaron de lágrimas.
Desde que Marco Blasco había despertado del coma, casi no podía articular palabras, apenas emitía sílabas sueltas sin formar oraciones coherentes.
Que de pronto pudiera decir frases largas y comunicarse con ellos era una noticia maravillosa, pero tan repentina que casi le costaba trabajo creerlo.
—Es verdad, hija, ven al hospital. Quiere hablar contigo.
—¡Voy para allá ahora mismo!
Talía colgó, con el corazón rebosante de felicidad. Se dio la vuelta para salir corriendo.

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