—Así es, qué bueno que estás en casa —le contestó Tomás.
El habitualmente inexpresivo Tomás relajó su semblante con una sonrisa repleta de calidez, atrayendo a su amada hermana en un abrazo inmenso y protector.
Al separarse, Tomás se percató del impávido Tiago observándolos fijamente. Con gran cariño, se acercó para desordenar su perfecto peinado riendo con energía.
—¡Ah, mi pequeño campeón! ¿Cómo es posible que no corras a abrazar al tío Tomás? ¿Acaso no me extrañaste absolutamente nada?
—Claro que se le extrañaba. Pero yo soy un hombre, tío. Andar con esos berrinches de saltos y gritos como mami hermosa y la pequeña belleza es demasiado inmaduro —declaró Tiago con una voz dulce y aguda de infante, pero con un tono absurdamente filosófico.
—¡Jajaja! Ah, chiquillo loco... ¡Qué carácter tienes! —Tomás estalló en una carcajada limpia al oír la peculiar ocurrencia del niño, y, metiendo sus brazos por debajo de las axilas, lo hizo despegar del suelo, obligándolo a dar piruetas aéreas mientras el niño reía.
La capa de seriedad absoluta del niño se fracturó por completo y, contagiado, comenzó a reír libremente.
—Tomás, ya ponlo en el suelo, me lo vas a marear —le advirtió Talía, feliz pero preocupada, acercándose al niño para ponerlo a salvo.
Después de que soltó a Tiago, Tomás cruzó su mirada y le dijo con un tono entrañable lleno de seriedad:
—Tienes a tu tío Tomás para resolver cualquier desastre de la vida real, enano. Te pido que dediques toda tu alma a jugar, romper cosas y disfrutar. Si continúas fingiendo que eres un adulto gruñón amargado, vas a perder tu encanto, ¡eres solo un chiquillo!
El niño no respondió de inmediato, lanzó un rápido vistazo a su mamá y su gemela, y luego le ofreció una sonrisa honesta y pletórica.
—¡Me parece genial! ¡El tío Tomás es el mejor de todos!
—¡Exacto! ¡Muy bien! Venga, ¡es hora de irnos a casa! —exclamó feliz Tomás mientras tomaba a ambos niños de sus manos.
Ya acomodados en el vehículo, Talía sostenía a Tessa entre sus brazos, pero sus ojos escudriñaban por la ventanilla los panoramas de la calle.
Ciudad Montefuerte. La gran Talía había vuelto. Por mucho que peleara, parecía un círculo vicioso del que nunca podría huir.

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