—¡No!... Por favor, pásamelo. Tengo que hablarle de algo de vida o muerte, dile que tome la llamada.
Talía se mordió el labio inferior con todas sus fuerzas, tragándose los sollozos y perdiendo la poca dignidad que le quedaba en un ruego casi maniático.
—Señorita Blasco, ¿acaso no soy clara? Lo que te pase a ti ya no tiene nada que ver con Luciano. A él no le interesa escucharte; ni hoy, ni mañana, ni el resto de su vida. Te sugiero que dejes de ser tan arrastrada e ilusa.
Dicho esto, Jovita soltó un bufido de desprecio y finalizó la llamada en seco.
—No... no cuelgues... Es una emergencia, de verdad... —suplicaba Talía a la nada, pues la otra línea ya había enmudecido dejándola solo con el molesto tono del teléfono.
Volvió a marcar con desesperación.
«El número que usted marcó se encuentra apagado o fuera del área de servicio. Por favor, intente más tarde...» La monótona voz de la operadora sepultó la ultimísima gota de esperanza en el corazón de Talía.
Su cuerpo temblaba sin freno y, abrazándose a las rodillas en el asfalto mojado, se rompió a llorar como una niña pequeña e indefensa.
De pronto, el agotamiento le pasó factura. Tras haber aguantado demasiada lluvia y estrés, todo el dolor acumulado la vació de energía; sus ojos se cerraron y cayó desmayada sobre un charco de agua helada.
Dios es un comediante macabro. La bautizaron como Talía para que llevara una vida de ensueño, digna de los cuentos clásicos, pero, de la noche a la mañana, el crudo mundo real le escupió en la cara para demostrarle que los finales felices eran una gran farsa. Su cuento de hadas se convirtió en su propio infierno personal en menos de veinticuatro horas.
***
Cinco años después...


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