Tessa le sacó la lengua de forma juguetona, regalándole una tremenda mueca burlesca. Toda su actitud gritaba: «Soy insoportable y me encanta, pero igual te aguantas».
—¡Tú...! Ay, qué pereza ponerme a discutir con una simple niña inmadura... —gruñó Tiago, muerto de coraje pero totalmente consciente de que contra su gemela llevaba las de perder, así que volteó el rostro dignamente para aplicar la ley del hielo.
Talía no pudo aguantar la risa tierna al ver a su pequeño perdedor darse por vencido otra vez.
El chiquillo, frente al mundo, era un genio frío como una piedra, calculador y maduro; pero bastaban un par de ocurrencias de su insoportable hermana para hacerlo explotar de la rabia y ponerle la cara roja del berrinche.
Como dice el dicho, siempre hay un roto para un descosido, y este par de demonios eran el vivo ejemplo.
Acariciándole la cabecita al derrotado niñito, Talía soltó con un tono falsamente comprensivo:
—Mi princesa Tessa, se supone que eres la hermana pequeña, ¿no puedes ceder un poquito y ser más buena con él?
Tessa miró la paleta a la que apenas le quedaba sabor, se encogió de hombros, hizo un adorable puchero frunciendo el ceño y puso su cara más angelical de inocencia.
No comprendía la falta de justicia. ¿Acaso los hermanos mayores no nacieron para cumplir los caprichos de las niñas de la casa? ¿Por qué siempre que peleaban su mamá se inclinaba del lado de Tiago?
Echando un vistazo de reojo, notó que Tiago mantenía su mueca fría y su huelga de brazos cruzados. Con total dramatismo y un suspiro de resignación, Tessa metió la manita en su bolsa y sacó su más preciado botín: una paleta de pura leche, entregándosela al amargado de su hermano con extremo dolor en el alma.
—Ten, don cascarrabias, toma tu regalo —le dijo pestañeando rápidamente, a regañadientes.
¡Le dolía el alma! Era su dulce favorito, su tesoro de leche pura, pero bueno... se sacrificaba por su llorón hermano.
Al ver el dulce frente a su nariz, Tiago miró de soslayo la carita ofendida, terca pero al mismo tiempo sufrida de su hermana, y esa dura coraza de niño malo que tenía comenzó a derretirse lentamente.
Tomó el regalo de las pequeñas manos de Tessa, le quitó la envoltura de celofán descubriendo el exquisito dulce blanco y cremoso que desprendía un olor delicioso y, tras dudar apenas un segundo, se lo puso en los labios a su propia hermana para dárselo.


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