Luciano pronunció esas palabras con total frialdad, su rostro inexpresivo como si el destino de Sara y su familia no le importara en absoluto.
La situación de Sara era lamentable. Si ella solo hubiera filtrado información confidencial del Corporativo Lara, quizás él simplemente la habría despedido. Pero cometió el peor error de su vida: apuntó a Talía. Y eso, él jamás se lo perdonaría.
Talía se quedó en silencio, sin saber qué decir. Entendía que la decisión de Luciano era la correcta.
Tanto Sara como Kevin eran adultos y debían hacerse responsables de sus propios errores.
Sara tenía sus motivos, pero nada justificaba arruinar a otra persona para beneficio propio.
Kevin también daba lástima, pero ya era un joven universitario. ¿Cómo no tuvo el sentido común de negarse a comprar un bolso de lujo si no tenía con qué pagarlo?
Recurrir a los créditos usureros por complacer a una novia era una estupidez. Todo el mundo sabía que esos prestamistas eran como sanguijuelas: una vez que te enganchaban, te chupaban la vida hasta dejarte en la ruina. Nadie salía ileso de ahí.
Talía no lograba comprender cómo un universitario podía caer en semejante trampa. Y, peor aún, que en vez de enfrentar el problema intentara escapar quitándose la vida, sin la menor pisca de responsabilidad.
Daban tanta pena como coraje.
Al notar que el ánimo de Talía había decaído, Luciano guardó silencio unos segundos antes de hablar con suavidad:
—Me haré cargo de la deuda con los usureros, pero el resto tendrán que resolverlo ellos mismos.
Si él liquidaba la deuda usurera, la presión sobre la familia Escudero disminuiría considerablemente. No estaba dispuesto a involucrarse más allá de eso.
Luciano no era la Madre Teresa. Simplemente no quería que Talía se angustiara por la familia de Sara. Ella no tenía por qué sentir empatía ni compasión por quienes le habían hecho daño.

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