Isabel lo pensó un momento.
—La verdad es que sí. Ayúdame a contactar un buen hospital, quiero trasladar a mi papá.
El documento que le hizo firmar a Sebastián aquel día no era ninguna notificación de tratamiento, sino un consentimiento de traslado de hospital.
Las normas del centro médico exigían la firma de dos familiares para autorizar el traslado.
Arturo sonrió.
—Te lo dije. Sebastián no te merece.
Isabel lo miró de reojo.
—¿Te estás burlando de mi desgracia?
—Me estoy alegrando por ti.
Aterrizaron en Nueva Alborada justo a la hora del almuerzo. Arturo la llevó directamente a un restaurante de comida típica local.
Después de comer y regresar al hotel, Isabel recordó que no había encendido su teléfono.
Al hacerlo, una avalancha de mensajes inundó la pantalla.
El primero era de Sebastián: «Lo siento, no podré regresar hoy».
En el pasado, pensaba que era un caballero intachable, un hombre de palabra. Pero resulta que era de los que usaban las promesas como notas adhesivas: las pegaba y las arrancaba a su antojo.
O mejor dicho, por la promesa que le hizo a Gabriela Galán de no tocar a otra mujer, fue capaz de pasar tres años de matrimonio sin compartir la cama con su propia esposa.
Simplemente, ella no le importaba en absoluto.
A Isabel también le daba igual. Tarde o temprano se daría cuenta de que se había mudado.
Descansó un par de horas hasta que llegó el estilista que había contratado.
La familia Castañeda era una de las más prestigiosas de Nueva Alborada. El banquete de cumpleaños de don Carlos Castañeda reuniría a la élite política y empresarial.
Isabel no tenía invitación; pensaba buscar la manera de colarse al llegar, pero resultó que el bufete de Arturo trabajaba con la familia Castañeda, y él asistiría como representante de la firma.
El evento se celebraba en el salón más grande de Cerro Alto. Estaba brillantemente iluminado, lleno de brindis, copas chocando y un mar de rostros desconocidos.
Isabel se mantuvo pegada a Arturo, como un animalito perdido en la jungla.
Desde el segundo piso, unos ojos la observaban como cuchillas afiladas.
—Ese es el jefe de la familia Castañeda, Patricio Castañeda —murmuró Arturo, bajando la voz con la copa en la mano.


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi ex suplica, mi esposo manda