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Mi Frío Exmarido (Amelia y Dorian) romance Capítulo 1388

La melancolía en la sonrisa de Amelia le dolió.

Recordó la carta que ella nunca le envió, donde decía: «Siempre hemos estado tan cerca y, al mismo tiempo, tan lejos, como si nos separaran montañas insalvables. Intenté entrar en tu mundo, pero nunca encontré la puerta… Tu mundo es demasiado lejano para mí, inalcanzable… A mí me recogieron, mi mamá no quería tenerme, pero le rogué y lloré tanto a mi papá que me dejó quedarme. Tenía un hogar, pero al mismo tiempo no lo tenía. Desde pequeña, siempre he querido saber qué se siente ser amada…».

Dorian dejó los cubiertos y de repente se inclinó hacia ella.

Amelia levantó la vista, confundida.

Él no dijo nada. Simplemente abrió los brazos y la abrazó con suavidad.

Fue un gesto delicado, tierno, lleno de compasión.

El cuerpo de Amelia se tensó casi imperceptiblemente.

—¿Qué… qué pasa? —preguntó, con la voz algo desconcertada. No estaba acostumbrada a esa ternura repentina de su parte.

—Nada —respondió él—. Solo quería abrazarte.

Amelia, todavía rígida, lo miró.

—Toda mi vida, parece que todo me ha ido bien, y al mismo tiempo, parece que nunca ha sido así. Mi mamá murió cuando yo tenía siete años. Todos me dijeron que fue por una enfermedad, pero yo la vi saltar frente a mí.

Amelia lo miró, impactada.

El rostro de Dorian estaba sereno, su voz no mostraba ninguna alteración.

—Ella y mi papá no se casaron por amor. Fue un matrimonio arreglado porque sus familias consideraron que era conveniente. Mi papá es un hombre débil, incompetente y extremadamente machista, todo lo contrario al esposo comprensivo y tierno que ella idealizaba. Mis abuelos, además, son personas muy controladoras. Así que su vida de casada no fue feliz. Pero en esa época, divorciarse requería mucho valor, un valor que ella no tuvo, igual que no tuvo el valor para negarse a casarse con mi papá. Ya tenía a alguien a quien quería, pero no se atrevió a luchar por su felicidad ni a oponerse al matrimonio que sus padres le impusieron. Con solo veinte años, se metió en ese matrimonio sin pensar.

»Era una madre muy tierna y paciente, pero desde que tengo uso de razón, nunca la vi feliz. A menudo, mientras me miraba, de repente se ponía a llorar. Pero nadie se dio cuenta de que estaba enferma del alma. Todos pensaban que era una exagerada, que era una afortunada por casarse con una familia tan acomodada, con un esposo que no le traía hijos ilegítimos. Mucha gente envidiaba esa vida, sin saber que lo que para unos es un sueño, para otros es una pesadilla.

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