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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 1072

Así se lo había enseñado Silvio Canto.

Y Patricia había aprendido de maravilla.

Tras la junta, el primer exejecutivo que había renunciado invitó a Patricia a tomar un café.

—Señorita Quiles, manejar una corporación no es un juego. Eres una jovencita hermosa, ¿por qué no me vendes tus acciones? Te ofrezco un diez por ciento más del valor del mercado; no vas a perder ni un centavo. Con esa fortuna, podrías dedicarte a viajar por el mundo y vivir como una reina.

Patricia miró el vapor que salía de su taza y respondió con una calma exasperante: —¿Acaso tengo cara de estar pidiendo limosna, don Arturo?

Arturo Hernández, con tono paternalista, intentó convencerla: —Señorita Quiles, te lo digo por tu propio bien. Una jovencita inexperta no va a poder conservar semejante imperio. Te lo van a arrebatar.

Patricia arqueó una ceja, sonriendo, pero con una mirada afilada. —Entonces, no tiene por qué preocuparse por mí.

El hombre apretó los dientes. —Señorita Quiles, trabajé codo a codo con tu padre durante años. Solo porque me das lástima al verte tan sola y sin protección, estoy dispuesto a darte un veinte por ciento más del valor de mercado. Supongo que con eso ya estás conforme.

—¿Un veinte por ciento más del valor del mercado? —Patricia soltó una carcajada tan genuina que hasta se le salieron un par de lágrimas de la risa.

El exdirectivo frunció el ceño, descolocado.

Patricia se calmó y habló con voz firme: —Mire, don Arturo. Cuando mi papá falleció, la secretaría planeaba mantener la noticia en absoluta reserva hasta que yo asumiera el cargo por completo y la empresa se estabilizara, buscando el momento perfecto para anunciarlo.

—Pero ustedes, muertos de ansias, corrieron a filtrar la muerte de mi padre. Causaron pánico y hundieron las acciones. Ahora mismo el valor de mercado está en el suelo. Incluso si me paga un veinte por ciento más del precio actual, no llega ni de cerca al pico que teníamos antes.

—Y todo el mundo sabe que nuestras acciones van a volver a subir. Don Arturo, tendré dieciocho años, pero no me chupe el dedo. Se nota a kilómetros el negociazo que quiere hacer a mis costillas.

La sonrisa de Patricia era muy real, pero el desprecio que destilaba también lo era.

Estaba más que claro que jamás vendería sus acciones.

No tenía sentido seguir hablando.

—Si así lo quieres —dijo Arturo, con el rostro endurecido por la rabia—, allá tú, señorita Quiles. Que te vaya bien.

Se levantó bruscamente para irse, pero Patricia lo detuvo. —Oiga, don Arturo.

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