Patricia lloraba con más desconsuelo. —Papá.
—Mi niña, no llores —dijo Silvio Canto, acariciándole el cabello por última vez.
—Papá te preparó un regalo por tus dieciocho años. Espero que te proteja y te dé una vida llena de paz. Papá se va ya.
Silvio alzó la mano hacia el vacío, con una sonrisa de absoluta paz en el rostro, y murmuró con ternura: —Clarisa...
—Biiiiip...
El monitor cardíaco emitió ese sonido agudo y helado. La mano de Silvio cayó inerte sobre la cama.
El día que cumplió dieciocho años, Patricia perdió al papá que tanto la amaba.
Patricia enterró a Silvio en el hermoso jardín de la mansión. Quedó rodeado de flores, frente al mar, con una vista espectacular.
Más adelante, cuando regresara a Rosarito, lo trasladaría para que descansara junto a su mamá y no se separaran nunca más.
—Señorita Quiles, aquí hay más documentos que requieren su firma —la interrumpió Donad, la asistente de Silvio.
Patricia, arrodillada frente a la lápida de Silvio, preguntó: —¿Desde cuándo estaba enfermo?
Donad suspiró. —Se había sometido a una cirugía incluso antes de conocerla.
Con razón la primera vez que lo vio notó que su palidez no era normal y que estaba demasiado delgado. Pero en aquel entonces ella era muy pequeña y no entendía de esas cosas.
Además, no solía prestarle tanta atención a eso, y Silvio siempre fue experto en ocultar su malestar.
—¿La cirugía no funcionó?
—Fue un éxito, pero la enfermedad regresó.
—Así que para no preocuparme, me engañó diciendo que era una simple gastritis y que por eso tomaba tantos remedios.
Donad guardó silencio. A Patricia se le llenaron los ojos de lágrimas y sintió un nudo en la garganta.
¿Por qué no se había preocupado más por él?
Patricia, en cambio, irradiaba seguridad. Llevaba un vestido rojo de lunares, su cabello largo y ondulado suelto, una mascarilla en el rostro y unos enormes lentes de sol.
Parecía que venía a turistear a Tailandia en lugar de dirigir una reunión.
Uno de los directivos alzó la voz: —Señorita Quiles, es una falta de respeto presentarse así. ¿Acaso no somos dignos de verle la cara?
Patricia se quitó los lentes, mostrando unos ojos risueños, y se disculpó con una educación impecable: —Lo siento mucho. Desde niña sufro de una severa alergia a la luz en el rostro, por eso debo usar mascarilla. Sé que todos ustedes son damas y caballeros muy comprensivos, no creo que se ofendan por la condición médica de esta joven.
Esa era la excusa que Silvio le había inventado hace años, y planeaba seguir usándola.
Otro ejecutivo intervino: —Señorita Quiles, ¿qué edad tiene? ¿Dieciocho? Es de la edad de mi nieta. Ni siquiera ha terminado la universidad. ¿De verdad sabe cómo manejar una empresa? Creo que es muy precipitado que asuma la presidencia de la corporación.
—¿No creen que eso lo decide el porcentaje de acciones que tengo? —preguntó Patricia. Sus ojos, aún sonrientes, escanearon lentamente a todos los presentes.
Esa mirada serena parecía la de una chiquilla inofensiva, pero nadie pudo ignorar el filo amenazador que escondía.
Era exactamente la misma mirada de Silvio Canto.

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