El coche recorrió el bulevar costero, y la brisa del mar entró por las ventanas, brindando una sensación inigualable de paz.
Patricia se reclinó cómodamente en el asiento de cuero, encendió la función de masaje y, mientras se relajaba, le contestó: —El equipo central de este proyecto es cien por ciento de mi confianza. Llevan años trabajando conmigo. No habrá filtraciones ni sabotajes.
Al ver que Patricia tenía todo fríamente calculado, Donad asintió y no insistió más en el tema.
Ella la había visto crecer y sabía que había sido instruida directamente por Silvio.
Confiaba en Patricia a ciegas.
—Donad, prepárame todo. Me voy de paseo en yate.
Apenas Patricia puso un pie en aquella paradisíaca isla, Hugo apareció como por arte de magia detrás de ella.
Patricia acababa de colgar una llamada con su abogado cuando vio a Hugo deslizando un cóctel hacia ella. —¿Te puedo invitar un trago?
Patricia se levantó y lo rechazó con una amabilidad que quemaba: —Señorito Hugo, no soporto a los hombres que van de conquistadores baratos; me dan náuseas.
Al día siguiente, Hugo apareció frente a Patricia luciendo un short con estampado tropical y cargando una tabla de surf. Aprovechó para presumir sus abdominales trabajados y, la verdad, había perdido un poco de esa vibra de mujeriego insoportable.
—Señorita Quiles, ¿vamos a surfear un rato?
—No sé surfear —respondió Patricia, sin mirarlo.
—¡Yo te enseño! —insistió Hugo, siguiéndola de cerca—. Te garantizo que aprendes porque aprendes.
—No, gracias. No me gustan los tipos tan pálidos, parecen pollos desplumados.
Dicho esto, Patricia subió a su yate sin mirar atrás.
Y por esa simple frase, Hugo se pasó horas asándose bajo el sol.
Mientras tanto, Patricia descansaba en una tumbona en la cubierta del yate, bebiendo agua de coco y disfrutando de la brisa. En su celular veía un video de Hugo quemándose al sol.
—¿De verdad se puso a broncearse? Vaya, se nota que lo traes arrastrando la cobija —comentó Donad, echando un vistazo a la pantalla mientras tecleaba en su laptop.

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