Patricia lo miró desde arriba, con absoluta superioridad. Levantó la mano y se quitó la mascarilla, revelando un rostro deslumbrante.
La sonrisa en sus ojos se hizo aún más brillante. Parpadeó con sus largas pestañas, fingiendo inocencia: —Ay, perdona, yo también solo quería conocerte.
—N-no, no hay problema.
El tipo estaba embobado, como si le hubieran lanzado un hechizo. Jamás pensó que debajo de esa mascarilla hubiera una mujer tan preciosa.
Tenía unos rasgos perfectos, como esculpidos por un artista. Sus ojos y cejas tenían un encanto magnético, y al sonreír, desprendía una seducción arrolladora. Su piel era de porcelana, tan suave y luminosa que robaba el aliento; sus labios carnosos y rojizos parecían los pétalos de una rosa que provocaba morder con locura.
La brisa movió su cabello, y una fragancia embriagadora invadió el aire.
Al tipo se le aceleró el corazón a mil por hora. Pensó: "Me acabo de enamorar".
De pronto, Patricia rompió la magia soltando de la nada: —Pues para mí sí hay problema.
—¿Qué? —El hombre no entendió.
Patricia ni se molestó en explicarle. Se giró hacia su guardaespaldas. —¿Ya llamaste a la policía? Aquí hay un intento de homicidio.
Cuando el tipo procesó lo que ella acababa de decir, la miró como si estuviera loca.
Estaba seguro de que, con todo su atractivo y habiéndose disculpado haciéndose el tonto, Patricia lo dejaría pasar y hasta le pasaría su número de WhatsApp.
Desesperado, intentó explicarse: —Oye, hermosura, creo que esto es un gran malentendido.
Patricia volvió a ponerse la mascarilla. —Señor imprudente, esa excusa se la puede dar al juez.
Al ver que Patricia se daba la vuelta para irse, él le gritó, exaltado: —¡Oye! ¡Me llamo Hugo Hernández! ¿Y tú cómo te llamas?
Patricia lo ignoró por completo, dejándolo solo con la imagen de su figura envidiable alejándose con elegancia.
Al final, la patrulla llegó y se llevaron a Hugo a la comisaría.
Resultó que Hugo Hernández era el nieto de Arturo Hernández, el ejecutivo que había invitado a Patricia al café. Al enterarse de que Patricia había humillado a su abuelo, quiso darle una lección.
Su plan maestro era seducirla, enamorarla perdidamente y luego humillarla y hacerla sufrir de la peor manera.
Al ver que Patricia no daba el brazo a torcer, y de acuerdo con las leyes de Tailandia, Hugo tendría que pasar quince días tras las rejas.
Tragándose su furia, Arturo le dijo: —Señorita Quiles, ambos somos de América Latina. Por allá tenemos un dicho: "No cortes todos los puentes hoy, porque mañana podrías necesitar cruzar el río".
—Gracias por el consejo, lo tendré en cuenta —respondió Patricia, asintió levemente y salió de la comisaría, dejando a sus abogados encargados del resto.
De camino a la mansión, Donad le preguntó, bastante preocupada: —Señorita Quiles, ¿por qué no aceptó el arreglo con el señor Hernández? Él tiene muchos contactos aquí en Tailandia. Le aseguro que no se va a quedar de brazos cruzados.
Patricia, apoyando la cabeza contra la ventana del auto, miró el paisaje. —Exactamente. Lo que quiero es que pierda los estribos y ataque.
Donad, que había trabajado codo a codo con Silvio, no era ninguna novata. Comprendió de inmediato la estrategia de Patricia.
—¿Quiere usarlo de escarmiento para mandar un mensaje a los demás?
—Arturo Hernández no es cualquier peón. Es el cabecilla de todos esos traidores.
—Cortar la cabeza de la serpiente es una excelente idea. Si no pone mano dura, van a pensar que pueden pisotearla a su antojo. Pero apenas acaba de tomar el control de la empresa y cerramos un contrato que tiene a todos muertos de envidia. Su posición aún es vulnerable. Si don Arturo nos sabotea, me temo que esto nos salga más caro que el collar del perro.

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