Al día siguiente, cuando el guardia fue a repartir el desayuno, se encontró con una hilera de hombres semidesnudos y golpeados colgando de los barrotes, gimiendo de dolor.
Como Nicolás estaba de pie e ileso, el guardia pensó que había sido él quien había acabado con los otros nueve. Al ver a Nerea pálida y tirada en el suelo, asumió que Nicolás se había aprovechado de ella.
Juanjo sonrió satisfecho, creyendo cumplida la misión.
Ordenó soltar a los hombres y llevarlos a la enfermería, y confiscó el pasador ensangrentado. Luego regañó a Nicolás de mentira.
—¡Oye tú! —Nerea llamó a Juanjo con voz rasposa—. Llama a quien me encerró. Dile que acepto. Que me saquen.
Juanjo asintió y salió, pero no llamó a nadie. Se puso a tararear, ya con la cabeza puesta en irse a su casa.
—Juanjo, ¿no vas a avisar? —preguntó su compañero.
—Apenas van diez horas. ¿Tú crees que ya aprendió? ¡No! Que se quede otro día. Mañana la soltamos, cuando de verdad haya sufrido.
Nerea pasó otro día y otra noche encerrada. Nadie se atrevió a tocarla, pero la fiebre y el agotamiento la estaban acabando. Aun así se tragó el pan duro que le dieron para tener algo en el estómago y no perder la cabeza ni la mirada dura.
A la mañana siguiente, Juanjo apareció.
Nerea miró su placa a través de los barrotes.
—Llama a tu jefe. Quiero hablar con Cristian.
Su voz era débil, pero Juanjo lo tomó como una falta de respeto.
—¿Quién te crees que eres?
Nerea lo miró fijamente.
—¿Y tú quién te crees que eres? ¿Dios? Eres un simple custodio, Juanjo. ¿No sabes cuál es tu lugar?
—¡Tú...!
—Si fuera tú, no contestaría tan rápido. Pregúntale al capitán Renato Baeza de la delegación vecina quién sacó a Nerea personalmente después de la pelea del 18 de julio.
Juanjo, que pensaba llamar hoy de todas formas, se sintió humillado, pero la actitud de Nerea lo intimidó. Averiguó y supo que Nerea había salido impune de un incidente grave gracias a alguien importante de Puerto Rosales.
Dos horas después.
Un taxi se detuvo frente a la Mansión Vega. Nerea bajó vestida de negro riguroso, pálida y con los ojos rojos.
Había mucha gente en el funeral: políticos, empresarios y un montón de prensa.
Nerea caminó hacia la sala velatoria.
—¿Quién es esa mujer? ¿Es la esposa de la que hablan? Decían que era una ranchita que daba pena ajena.
—Se ve muy bien, hace buena pareja con el señor Vega.
—¿No leen las noticias? Esa es la novia actual, la que estudió fuera, la doctora, vicepresidenta del Grupo Vega. Aún no se han casado.
—Pues para no estar casada, se comporta como si fuera la dueña de la casa...
Nerea, sumida en su dolor e ignorando los murmullos, entró en la sala...

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