Esta vez, Nicolás Cabrera no dejó que el soldado ayudara a Nerea Galarza con el equipaje; él mismo se encargó de llevarlo.
Nerea, sintiéndose un poco incómoda, corrió para alcanzarlo.
—Capitán Cabrera, vaya a ocuparse de sus asuntos, yo puedo encontrar el camino.
—No estoy ocupado. —Nicolás cambió la maleta de mano y la miró con una sonrisa sincera—. Deme la oportunidad de mostrar mi caballerosidad, señorita Galarza.
Nerea se quedó sin palabras.
Los tres caminaron hacia la zona de dormitorios.
Nicolás primero ayudó a Nerea a dejar la maleta en su habitación y luego llevó a Cristian Vega a la de al lado. En cuanto se abrió la puerta, Cristian frunció el ceño levemente.
—¿Es a propósito?
Nicolás alzó una ceja.
—¿A qué se refiere con eso, señor Vega?
—¿Por qué mi cama no está hecha?
Nicolás respondió con sarcasmo:
—¿Acaso es usted una dama? En nuestro campamento cada quien tiende su cama; solo las mujeres tienen consideraciones especiales.
Cristian entró y pasó el dedo por el escritorio; había polvo, claramente no habían limpiado.
El señor Vega jamás había hecho labores domésticas en su vida. En casa tenía empleados, y durante el tiempo que no los tuvo, estaba Nerea.
Se la pasó batallando un buen rato: la sábana le quedaba chueca, no podía meter la cobija en la funda y, aunque hacía un frío de la fregada, acabó sudando y de malas.
Nerea y Nicolás lo esperaron en la puerta un largo rato.
Nicolás miró su reloj y entró para ayudarlo.
—Veo que el señor Vega está acostumbrado a que lo atiendan. No mueve un dedo y ni lo más básico se le da. Si no tiene ni las habilidades básicas de supervivencia, ¿cómo cuida de su esposa e hijo en casa? Mire, yo soy diferente, sé hacer todos los quehaceres. Quien se case conmigo solo tendrá que disfrutar. ¿Verdad, señorita Galarza?
Ese discurso de Nicolás, cargado de falsa inocencia, sirvió para pisotear a Cristian y alabarse a sí mismo al mismo tiempo.
—Sin comentarios —dijo la señorita Galarza.
Realmente no sabía qué decir.
En menos de dos minutos, Nicolás le tendió la cama a Cristian y dobló el edredón con una precisión militar impecable.
—Aprenda un poco, señor Vega. —Nicolás le dio unas palmadas en el hombro a Cristian y se dirigió a la salida—. Vámonos, los llevaré al comedor para que ubiquen el camino.
Los tres fueron juntos a cenar.
Al ser personal de investigación, no tenían que comer lo mismo que los soldados.
—¡Señor Torres! —saludó Nerea al hombre mayor que estaba en la ventanilla.
El señor Torres agitó el cucharón y dijo con entusiasmo:
—Nerea, hice el pollo en salsa roja que te gusta; también hay ensalada de nopales, frijoles refritos y arroz a la mexicana. ¡Mira nada más, trajiste a alguien nuevo! ¿Qué se le antoja? Ahorita se lo preparo.
—Gracias. No tolero cilantro, cebolla, chile, frijoles, jitomate, ajo ni rábano. Mmm, por el momento eso es todo.
El señor Torres se quedó mudo.
Nicolás aprovechó la oportunidad de inmediato y comentó desde un lado:
—Qué delicadito, señor Vega. ¿Cómo puede ser tan quisquilloso con la comida? ¿Qué ejemplo le va a dar a su hijo? Debería ser como yo, que como lo que me pongan en el plato; así es más fácil mantenerme. ¿Verdad, señorita Galarza?
La señorita Galarza rodó los ojos, perdiendo por un momento su compostura.
—Gracias, pero no me metan en sus asuntos.
Después de comer, Nicolás los acompañó hasta su lugar de trabajo antes de irse.
Como la vez anterior, llegar significaba trabajar horas extras sin límite para recuperar el tiempo.
Aunque Nerea y Cristian habían colaborado antes, era la primera vez que trabajaban juntos de esta manera.
Ambos tenían conocimientos profesionales sólidos y pensaban rápido. Se entendían al instante al discutir problemas; a menudo, mientras hablaban, los demás perdían el hilo y no sabían de qué estaban discutiendo.

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