Nicolás soltó una carcajada y preguntó:
—¿Tiene el señor Vega derecho a molestarse? Parece que se le olvida lo bien que se la pasa usted por fuera. Señor Vega, no puede aplicar la ley del embudo: lo ancho para usted y lo angosto para los demás.
La mirada de Cristian se enfrió, aunque mantenía una sonrisa en los labios.
—El capitán Cabrera sabe muchas cosas.
—Colaboramos con el ejército, es natural hacer una investigación de antecedentes.
—Entonces el capitán Cabrera debería saber esto: actualmente soy el esposo legal de Nerea. Mientras no nos divorciemos, ni se le ocurra cortejarla.
La tensión entre los dos era densa. Nerea agachó la cabeza, terminó de comer en dos bocados y huyó del comedor.
En los días siguientes, Nerea no se cruzó con Nicolás, hasta que un día, de camino a los dormitorios, él la interceptó.
Nicolás le extendió un ramo de flores silvestres de invierno.
—Las corté en el camino de regreso del entrenamiento, son para usted, señorita Galarza.
Las flores desprendían un aroma dulce, pero Nerea no podía aceptarlas.
Nerea lo rechazó con seriedad una vez más:
—Gracias, pero no me gustan las flores.
Cristian pasó junto a ellos y dijo con voz indiferente:
—Ella dice que no le gustas tú.
—Te equivocas. —Nerea miró a Cristian—. Al que no quiero es a ti.
Cristian se detuvo en seco, se giró para mirar a Nerea y su mirada se tornó gélida.
Nerea, sin embargo, se dirigió a Nicolás:
—Gracias, capitán Cabrera. Las flores son hermosas, debería dárselas a la persona indicada.
Al día siguiente, cuando Nerea abrió su puerta, encontró un frasco de vidrio sencillo en el suelo con el ramo de flores aromáticas.
Entre las ramas había una nota con una caligrafía enérgica que decía: «Tú eres la persona indicada, solo quiero dártelas a ti».
La puerta de al lado se abrió. Cristian vio las flores en su mano y, no se supo si a propósito o por casualidad, comentó:
—La señorita Galarza es bastante popular.
Nerea lo miró con indiferencia y entró a su habitación.
—Cristian, ni se te ocurra decirme que estás celoso, porque me das asco.
Desde el pasillo, Cristian soltó una risa burlona.
—Qué narcisista es la directora Galarza.
—Más te vale.
Nerea puso las flores en la mesita de noche y, tras pensarlo un momento, guardó la nota.
Unos días después, vio a Nicolás en el campo de entrenamiento.
En pleno invierno, Nicolás estaba sin camisa haciendo dominadas.
Con cada movimiento ascendente, los músculos de sus brazos se tensaban violentamente y las líneas de su abdomen se marcaban; cada centímetro de su cuerpo irradiaba una fuerza primitiva.
El sudor brillaba como oro bajo el sol. Al ver a Nerea, saltó al suelo con agilidad, como un leopardo al acecho.
Nicolás tomó una bolsa del suelo y corrió hacia ella en un par de zancadas.
Luego le mostró el contenido: estaba llena de tejocotes y frutas silvestres.
—No te fijes en que no se ven muy bonitas, son totalmente silvestres. Las corté de paso al volver del entrenamiento. Pruébalas, son muy dulces.
Nerea conocía muy bien esa calidez en los ojos de Nicolás y podía sentir su sinceridad. Ella había sido así con Cristian años atrás.

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