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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 206

La escena en la cafetería fue capturada a la perfección por el detective privado que Nerea había contratado.

Felicia, creyendo que Patricia solo quería chantajearla, le dio una suma de dinero para su tratamiento médico con la condición de que desapareciera de su vista para siempre.

Si Nerea no hubiera enviado al detective a investigar a Patricia con antelación, es probable que en este momento no solo Rocío, sino la propia Nerea, ya estuvieran muertas.

La policía ya había tomado muestras de sangre de Patricia, Felicia, Esmeralda y Rocío para realizar las pruebas de ADN.

El resultado fue contundente: Rocío era la verdadera hija de la familia Vega.

¡Felicia no era más que una impostora!

El hecho de que Rocío fuera una Vega tomó a Nerea completamente por sorpresa.

En aquella pesadilla que funcionaba como una premonición, cuando conoció a Rocío, su madre adoptiva ya había fallecido hacía años por falta de dinero para su tratamiento.

Más tarde, cuando el negocio de Nerea prosperó, le compró un departamento a Rocío en Puerto San Martín y la contrató en su empresa.

En el sueño, Rocío trabajaba toda su vida en la compañía, llevando una existencia tranquila y estable.

Pero en la realidad, como la madre adoptiva de Rocío seguía viva, la chica había elegido un camino diferente al del sueño, entrando en el mundo del espectáculo para ganar más dinero y cuidar de ella.

Si los medios no hubieran sido tan incisivos excavando hasta encontrar sus fotos de bebé...

Si Nerea no hubiera contratado casualmente al detective para seguir a Felicia y este no hubiera captado su reunión con Patricia...

Probablemente, el origen de Rocío seguiría siendo un misterio.

Tras escuchar los resultados de la investigación policial, Esmeralda sufrió un golpe devastador.

—¿Cómo es posible? ¿Cómo es posible que la hija que he criado durante más de veinte años no sea mía? ¿Se equivocaron? ¡Seguro que es un error!

Cristian miraba los resultados de la prueba en silencio, sin decir una palabra.

Felicia, presa del pánico, se aferró a Esmeralda como a un clavo ardiendo.

—Mamá, mamá, ¿cómo no voy a ser tu hija? Soy tu hija, soy tu niña consentida. Tienen que haberse equivocado, ¿verdad, mamá?

»¡Mamá, no quiero separarme de ti! Tú eres mi madre. No me importa, no me importa nada más, mamá. Mamá... —sollozó desconsolada.

—Ya, ya, no nos separaremos, tranquila.

Esmeralda abrazó a Felicia y ambas rompieron a llorar abrazadas.

Rocío, sentada frente a ellas, observaba la escena con la mirada perdida, sin saber qué hacer. Por supuesto, lo que más sentía era decepción y tristeza.

Nerea no pudo soportarlo más y golpeó la mesa con los nudillos.

—Oye, Esmeralda, tu hija biológica está aquí. ¿Por qué lloras abrazada a una impostora?

»¿Acaso no te duele ni un poco tu propia sangre? ¿Sabes que de pequeña casi se la llevan los coyotes? Si su padre adoptivo no la hubiera salvado de milagro, ni siquiera la habrías conocido.

»Y hace unos días, la madre biológica de Felicia intentó matar a Rocío. ¿Y tú sigues tratando a la hija de tu enemiga como un tesoro? ¿Tienes algún problema mental grave?

Esmeralda miró a Nerea con odio y espetó:

—¡Mi única hija es Felicia! ¡Esa es la impostora! Seguro que es una estafadora que tú trajiste para vengarte de los Vega y repartirte la herencia. Alguien manipuló ese informe de ADN. ¡No la reconozco! ¡Y nunca la reconoceré! Pierde toda esperanza.

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