Al ver al patán y a la amante, Emilia puso los ojos en blanco con fastidio.
Emilia dijo de mala gana: —Sabía que encontrarnos con la familia de la amante el primer día del año traería mala suerte. Hasta aquí nos los topamos.
Jaime asintió a su lado: —La próxima vez hay que checar el horóscopo antes de salir.
—¡Nere, feliz Año Nuevo! —Al ver a Nerea, Martina Santillán corrió felizmente hacia ella y se colgó de su brazo.
Liam, Cristian y los demás se acercaron también y saludaron a todos uno por uno.
Al ver que Cristian estaba ahí, a Ulises le brillaron los ojos; corrió emocionado y le tomó la mano. —¡Papá! Enséñame a montar a caballo junto con mamá, ¿sí?
Isabel se agachó y le acarició la cabeza sonriendo. —Ulises, ¿ya no quieres que Isa te enseñe?
—No —Ulises esquivó la mano de Isabel—, quiero que me enseñen mi papá y mi mamá.
Isabel trató de mantener la sonrisa, pero por dentro pensó con malicia: «¿Acaso tu mamá sabe montar?».
Ulises recordó entonces que se le había olvidado preguntar si su mamá sabía montar. Miró a Nerea.
Emilia dijo con arrogancia: —¿Quién no sabe montar a caballo? No es por presumir, pero tu mamá es una experta. De las mujeres aquí presentes, dudo que alguna sea rival para ella.
Isabel miró a Nerea. —¿Tan buena es?
Emilia ya había soltado la bravata, así que a Nerea no le quedó más remedio que seguirle la corriente. —Si la directora Echeverría quiere comprobarlo, estoy a la orden.
Dicho esto, miró sonriendo a Fabián. —¿Apostamos a los caballos, señor Álvarez?
Fabián sintió un escalofrío al ver esa sonrisa.
Pero recordando la última vez que la vio montar, le pareció que no era para tanto. Ese vicio suyo de apostar contra Nerea empezó a picarle de nuevo.
Liam se dio cuenta y le dio una palmada en el hombro. —¿Ya terminaste de pagarle a Cris lo que le debías?
Nerea soltó una risita. —¿Quién sabe? A lo mejor hoy recupera su dinero.
Fabián miró la sonrisa de Nerea y negó con la cabeza. —Nerea, ¿eres el diablo o qué?
Al ver que Fabián no caía, Nerea miró con lástima fingida a Isabel. —Directora Echeverría, ¿y usted?
Isabel no estaba dispuesta a quedarse atrás; no podía ser que Nerea fuera mejor que ella en todo.
Isabel sonrió. —Entonces, le pido que me enseñe, directora Galarza.
Todos se dirigieron a la pista.
Nerea montó de un salto, con movimientos ágiles y elegantes; su cola de caballo alta ondeaba al viento frío.
—¡Vamos mamá! ¡Tú eres la mejor! —Antes de empezar, Ulises ya estaba echando porras.
Isabel lo miró de reojo. «Mocoso malagradecido, ya verás cómo le gano a tu madre. Y cuando le gane, no vayas a llorar».
Comenzó la carrera.
Dos caballos, uno negro y uno blanco, salieron disparados como flechas; los cascos retumbaban contra el suelo.
Se notaba que ambas tenían buena técnica; los dos corceles parecían relámpagos en el viento helado.
Nerea inclinó el cuerpo, con la espalda tensa y la mirada fija y afilada.

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