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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 243

24 de abril, el día de recoger el acta de divorcio.

Sonó el teléfono de Cristian.

Al ver que era Nerea, Isabel sonrió con satisfacción. Contestó la llamada, fingiendo deliberadamente una voz ronca y perezosa:

—¿Bueno?

Si fuera en el pasado, a Nerea le habría importado; se habría sentido herida en silencio y habría sufrido a solas. Pero a la Nerea de hoy le importaban un bledo las cochinadas entre ella y Cristian. Aunque Isabel tuviera la garganta destrozada de tanto gritar en la cama, a Nerea no se le movería ni un pelo. Tenía el corazón blindado, cerrado al amor.

Nerea preguntó con voz indiferente:

—¿Dónde está Cristian?

Isabel siguió provocándola:

—Me está preparando el desayuno. ¿Pasa algo?

El tono de Nerea no cambió:

—Dile que lleve sus documentos y que llegue puntual al registro civil. Que no llegue tarde.

Al escuchar «registro civil», el humor de Isabel mejoró instantáneamente. Iba a responder, pero el teléfono ya emitía el tono de llamada finalizada. Nerea le había colgado.

Isabel soltó una risa burlona:

—No creo que te dé igual. ¿Acaso Cris te ha preparado el desayuno alguna vez? Já, muérete de envidia.

En ese momento, Nerea desayunaba mientras revisaba los últimos foros de investigación científica, sin la menor emoción. Era solo un desayuno, ella podía hacérselo sola.

Al terminar, mientras recogía los platos, Nerea golpeó sin querer el vaso de leche.

—¡Poc!

El vaso cayó al suelo y se hizo añicos.

—Qué chingados… —murmuró Nerea mientras recogía los vidrios. Hoy sí empecé con el pie izquierdo.

Justo entonces, sonó su teléfono. Era Cristian. ¿Para qué le llamaba a esta hora?

Nerea miró el vaso roto y sintió una opresión en el pecho. ¿No me digas que le salió un imprevisto y no podremos divorciarnos?

Nerea contestó:

—¡No me digas que no puedes ir a firmar el divorcio!

—¡Ulises se escapó de la casa!

***

Cristian y Nerea llegaron uno tras otro a la Mansión Vega.

Cristian le entregó a Nerea la nota que había dejado Ulises. Tenía una letra garabateada:

«Ci se diborsian, llo no buelbo nunca a cassa. De todos modos no me kieren, mejor me boy a bibir afuera».

Nerea miró la terrible ortografía con una mezcla de risa y llanto. Le preguntó al guardaespaldas de Ulises:

—¿Hace cuánto se fue? ¿Cómo se escapó?

Por la mañana, cuando Laura fue a despertar a Ulises, no había nadie en la habitación. Los guardaespaldas y Laura buscaron por toda la mansión, pero no lo encontraron. Finalmente, revisaron las cámaras y descubrieron que Ulises se había escabullido anoche, mientras todos dormían, con su mochilita a la espalda, saliendo por la puerta del perro.

—¿Desapareció anoche? —Nerea borró su sonrisa y miró a Cristian.

—Perdón.

La disculpa no era solo por el inhibidor de señal, sino porque seguramente la fuga había sido idea de Emilio. Ulises no tenía tanto cerebro ni esa capacidad de ejecución.

En ese momento, en un baño público en algún lugar de Puerto San Martín.

Ulises sostenía un objeto y preguntaba con curiosidad:

—Emilio, ¿qué es esto?

Emilio, temiendo que hubiera alguien escuchando, se acercó y susurró:

—Te voy a contar, esto es mágico. Es una máscara de alta fidelidad. Si nos la ponemos, nadie verá nuestras verdaderas caras. Es como un disfraz, ¿entiendes?

Ulises abrió los ojos como platos y preguntó en un susurro:

—¿De dónde la sacaste?

Emilio respondió también susurrando:

—Se la saqué a mi tío. Él tiene de todo, muchos tesoros. Luego te llevo a mi casa para que veas.

Ulises preguntó preocupado:

—Emilio, ¿tu tío no te va a pegar cuando regreses?

—Por un amigo, uno se arriesga a lo que sea. Además, ¿qué importa? No me va a matar. Cuando me cure, voy a volver a ser valiente.

Emilio admiraba a los soldados desde pequeño; sus cuentos para dormir eran casi siempre anécdotas de la vida militar de Leonardo.

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