Montevideo, Hospital de la familia Aranda.
Se activó el código de emergencia. Tras recibir primeros auxilios en el vuelo, Ulises, que apenas se aferraba a la vida, y Nerea, con una herida de bala, ingresaron a urgencias.
Más de una hora después.
Cuando sacaban a Nerea de la sala de emergencias, se cruzó con Isabel, que apenas iba entrando. Isabel no solo se había roto la pierna al caer por la pendiente, sino que también tenía la cara arañada por las ramas. Iba agarrada de la mano de Cristian, lloriqueando de dolor.
Leonardo observó la escena con frialdad y soltó con veneno:
—Tengo curiosidad, ¿se está muriendo? ¿Tanto necesita que usted, señor Vega, la acompañe personalmente? Su propio hijo está ahí dentro debatiéndose entre la vida y la muerte.
—Señor Rojas, ahórrese el sarcasmo. Sé lo que tengo que hacer. Dejo a Isa en urgencias y voy a ver a Ulises.
La voz de Nerea sonó ronca y gélida:
—Si quieres no vayas, total, no sirves de nada. Mejor quédate cuidándola a ella. Y que no se me cruce en el camino.
Cristian frunció el ceño al mirarla. Nerea estaba pálida como el papel, el sudor frío le empapaba el cabello y la ropa, pero sus ojos tenían una claridad aterradora.
—Leo, vámonos.
Leonardo empujó la camilla de Nerea hacia la habitación.
Tres horas después.
La familia Galarza y la eminencia médica, la doctora Miranda, llegaron al hospital.
Detrás de Miranda venían varios hombres y mujeres. Si alguien observador los hubiera visto, habría notado que eran los mejores especialistas de los hospitales más prestigiosos de Latinoamérica. Eran los colegas y mentores de Nerea, convocados de urgencia por una llamada de Miranda.
Cuando llegaron, Nerea descansaba en la habitación. Parecía muy lúcida, lo que indicaba que el anestesiólogo había sido muy preciso... o eso creían.
Leonardo, con un brillo de dolor en los ojos, aclaró:
—No usó anestesia. Le sacaron la bala en vivo.
Cristian, que justo entraba al cuarto, escuchó esto y miró a Nerea incrédulo.
Con razón al verla fuera de urgencias estaba tan despierta, tan pálida y empapada en sudor. ¡No le habían puesto anestesia!
Pero en ese momento se veía tan calmada, ni siquiera frunció el ceño. Parecía que la herida en la espalda no le dolía. ¿Qué clase de voluntad de hierro tenía esta mujer?
Cristian, como hombre, se sintió avergonzado y, a la vez, admirado.
Estefanía se le llenaron los ojos de lágrimas y se dio la vuelta; Álvaro la abrazó y le dio unas palmaditas en la espalda.
Doña Belén no lloró, pero sus hombros parecían cargar un peso invisible aún mayor.
Nerea no quería preocuparlos y forzó una sonrisa leve:
—No duele tanto, solo arde un poco. Sirve para mantenerme despierta.
¿Cómo no iba a doler?
Leonardo vio entrar a Cristian y dijo:
—Yo también me he sacado balas sin anestesia y sé lo que se siente. Al menos duele más que romperse una pierna.
Cristian miró a Leonardo y guardó silencio.
Nerea sonrió.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio