—Si ella te amara, ¿cómo te dejaría solo lavando fruta? ¿No sabe que solo tienes una mano? Para mí que no le importas ni le dueles.
—Soy un hombrecito, tengo una mano y puedo lavar fruta yo solo, ¿por qué molestar a mamá? Ella también tiene su trabajo. Si sigues hablando mal de mi mamá, mejor ya no vengas a verme.
—Tú, tú... —Esmeralda miraba incrédula cómo Ulises defendía a su madre.
Luego se llevó una mano al pecho y con la otra señaló a Nerea.
—Nerea, seguro fuiste tú, seguro estás metiendo cizaña. ¡Antes Ulises me obedecía en todo! Le voy a decir a Cris que no puede dejarte a Ulises, eres una irresponsable.
—¿Por qué están discutiendo? —La voz de Cristian llegó desde afuera.
—¡Cris! —Esmeralda corrió hacia él encantada—. ¡Llegas justo a tiempo! Te digo que no puedes dejarle a Ulises a Nerea. No sabes, ¡lo puso a lavar fruta solo en la cocina!
—Y después de lavarla, se la llevó y le dio de comer en la boca. ¿Cómo puede tratar así a Ulises? ¿Cómo puede un nieto de la familia Vega entrar a la cocina? ¡Si se sabe por ahí, seremos el hazmerreír!
Cristian llegó a la puerta y vio las uvas sobre la mesa.
Frunció el ceño ligeramente.
—¿Hiciste que Ulises trabajara?
Nerea lo miró con calma.
—¿Algún problema? Ya está grande, puede hacer cosas que estén a su alcance.
Cristian desaprobó:
—Pero solo tiene una mano.
—¿Y qué si tiene una mano? Solo lavó uvas, no las cortó.
Esmeralda aprovechó para intervenir:
—Quién sabe cómo maltrataste a mi nieto cuando no estábamos. Menos mal que vine y lo vi.
Ulises levantó la cabeza para mirar a Cristian y dijo:
—Papá, no escuches las tonterías de la abuela. Mamá no me maltrató y no me obligó a hacer nada, yo quise lavarle la fruta.
—Mamá trabajó más de diez horas hoy, está muy cansada, quería que comiera algo. Si no me crees, revisa las cámaras, ¿no están encendidas las 24 horas en el hospital?
Cristian bajó la mirada hacia Ulises.
De repente notó que Ulises era muy diferente al de antes; hablaba con claridad, su lógica era impecable y sus ojos oscuros brillaban con inteligencia y firmeza.
Sintió que Ulises había crecido de golpe.
Cristian asintió.
—Está bien, te creo.
Ulises señaló a Esmeralda y le dijo:
—Entonces dile a la abuela que se disculpe con mamá. Llegó acusándola de maltrato, eso le causó un gran daño emocional a mamá.
Al oír esto, Esmeralda casi salta del coraje y gritó:
—Mocoso malagradecido, te consentí en vano. Soy su mayor, ¿yo disculparme con ella? ¡Estás soñando! Jamás.
—Si haces algo mal debes disculparte, eso no tiene nada que ver con tu estatus.
Al ser sermoneada por un niño, Esmeralda sintió que perdía la cara; se puso roja de ira y, finalmente, soltó un bufido y se marchó furiosa.
Ese pequeño problema podría convertirse en una gran amenaza para el país.
Y ella sería la culpable.
Estaba bien que Ulises se quedara con ella un tiempo; así podría seguir observándolo.
Solo habían pasado poco más de dos meses desde que despertó de la cirugía, el tiempo de observación era muy corto.
Pero Nerea no aceptó de inmediato, sino que dijo:
—Lo pensaré y te aviso.
Cristian asintió y sacó otro tema:
—Ulises dice que estás desarrollando una mano mecánica.
Nerea soltó un «mjú» sin dar detalles.
—No hace falta que la desarrolles, la versión de la mano mecánica de mi empresa ya va en la generación once. Mañana puedo llevar a Ulises a la empresa para que le hagan una a medida.
—He visto las manos mecánicas de tu empresa y no sirven. No son flexibles, son rígidas, no pueden realizar movimientos finos y tienen funciones muy básicas.
—¿Qué tipo quieres desarrollar?
—Secreto comercial.
—Creo que podemos colaborar. Sobre la base de las manos mecánicas existentes, desarrollar más funciones, perfeccionar los micromovimientos y hacerla más flexible. Así Ulises podría usar su prótesis mucho antes.
—¿Por qué habría de colaborar contigo? No eres el único en el mercado investigando prótesis robóticas.

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