Federico estaba tomando agua y, al escuchar eso, la escupió de golpe.
Jamás imaginó que el viejo le saldría con esa jugada.
Federico se limpió la comisura de los labios y dijo con frialdad:
—Ya párale. Si sigues diciendo tonterías, me voy.
—Está bien, está bien, ya no digo nada —dijo Gael mientras le hacía una señal con los ojos a Nerea para que considerara a su nieto.
Nerea sonrió con resignación, entendía las buenas intenciones de los mayores, pero los jóvenes tenían sus propias ideas.
Al terminar de comer, Federico quería irse. Nerea notó la tristeza en los ojos de Gael, así que dijo que se sentía un poco pesada por la comida.
Nerea pidió un servicio de té artesanal. Desde calentar los utensilios y lavar las hojas hasta controlar la temperatura del agua, realizó todo el ritual con calma. Pasó más de media hora.
Para cuando se terminaron la tetera, ya había pasado una hora.
Federico se quedó a acompañarlos. Gael comentó:
—Nerea, tienes muy buena mano para el té, deja un sabor increíble. Me gustaría probar otro poco.
Nerea miró a Federico y tanteó el terreno:
—¿Preparo otra ronda?
Gael asintió sonriendo:
—Sí, sí, por favor.
Federico azotó la taza en la mesa.
—Viejo, ya estuvo. No abuses.
Gael suspiró con pesar.
—Ay, Nerea, tendré que esperar a la próxima para probar tu té. Si alguna vez vas a Puerto Rosales, tienes que visitar mi casa. Te anoto la dirección.
Gael tomó una pluma, escribió la dirección y se la dio a Nerea.
Al despedirse, Gael le susurró a Nerea:
—Te encargo mucho a Fede. Y si conoces alguna chica soltera con buenos valores, como tú, preséntasela a tu colega. No importa si es divorciada o viuda, ¡lo importante es que sea buena persona!
Después de despedir a Gael, Nerea puso cara de inocente.
Federico la regañó con frialdad:
—Nerea, la próxima vez que tomes decisiones por tu cuenta, no me culpes si te educo como tu superior.
Nerea asintió obediente:
—Sí, colega, no volverá a pasar.
Luego murmuró por lo bajo:
—Es que no sabía que era tu abuelo, pensé que tenías broncas con él. Además, siendo un exmilitar de alto rango, no podía decirle que no.
Federico la miró de reojo:
—Si no fuera por eso, ¿crees que te habría perdonado tan rápido?
Nerea sonrió y le hizo la barba:
—¡Eres muy comprensivo, colega! ¡Un ejemplo a seguir!
***
Al día siguiente, en el hospital, afuera de la habitación de Pedro.
Nerea llegó con una canasta de frutas, la más barata que encontró. Apenas se acercó a la puerta, escuchó los gritos furiosos desde adentro.
—¡Largo! ¡Que se largue! ¡No quiero verla!


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio