Nerea buscó a un conocido en la mesa de al lado y cambió de lugar.
Ojos que no ven, corazón que no siente.
Después de la comida, había más conferencias por la tarde.
A diferencia de la mañana, donde podían participar empresas de todos los tamaños, la sesión de la tarde era exclusiva para invitados.
Y los invitados eran solo las empresas y personalidades más sobresalientes de Puerto San Martín.
Isabel no calificaba.
Al ver a Nerea y Cristian entrar juntos a la sala de conferencias, Isabel apretó los puños, sintiendo una oleada de amargura y pánico inexplicables.
Era como si Cristian se alejara de ella paso a paso.
Como si fuera a regresar al lado de Nerea.
¡De ninguna manera!
¡No lo permitiría!
Cristian era suyo. ¡Ella sería la esposa del hombre más rico, costara lo que costara!
Tras una tarde intensa de reuniones, los organizadores prepararon una cena lujosa.
A diferencia del almuerzo de trabajo, por la noche no había agenda laboral, así que se podía beber para relajarse.
Nerea bebió un par de copas, pero el tequila estaba fuerte, así que no se atrevió a seguir y se concentró en la comida.
Sin embargo, no faltaba quien se acercara a brindar. En ese tipo de cenas, los brindis no paraban, y negarse a beber siempre complicaba el ambiente.
Nerea fingió dar un trago, dejó la copa a un lado y se sirvió agua mineral. Cristian la vio y sonrió:
—Eso es hacer trampa.
Nerea respondió fríamente:
—No te metas.
De pronto apareció un vaso frente a Nerea.
—Sírveme uno a mí.
—¿No tienes manos?
Cristian soltó una risita y se sirvió agua él mismo. Pero tuvo mala suerte: lo descubrieron y le hicieron beber tres copas de castigo.
Nerea se regodeó en su interior: «Te lo mereces».
La cena terminó.
Afuera estaba lloviendo.
El otoño ya había llegado; con el viento y la lluvia, la temperatura bajó drásticamente, sintiéndose casi como invierno.
Nerea llevaba vestido. Dentro del hotel no lo notó, pero ahora el frío le calaba hasta los huesos y estornudó varias veces seguidas.
Cristian, que estaba a su lado, colgó la llamada con su chofer, se quitó el saco y se lo puso sobre los hombros a Nerea.
Nerea frunció el ceño e iba a devolvérselo, pero por el rabillo del ojo vio a Isabel bajando de un auto.
Nerea cambió de opinión, se aferró al saco y se lo dejó puesto.
—Gracias.
Cristian se sorprendió un poco.
—Creí que dirías "no lo necesito" y me lo devolverías.
Iba a hacerlo, pero si podía molestar a Isabel, valía la pena aguantar y traerlo puesto un rato más.
Sabía perfectamente qué le importaba a Isabel.
Le importaba Cristian, le importaba la posición de esposa del magnate, y le importaba, sobre todo, la atención que Cristian le diera a Nerea.
Había que destruir lo que a Isabel más le importaba.
—Entonces gracias, señor Vega.
Cristian sostuvo el paraguas y caminó junto a Nerea bajo la lluvia.
Sus siluetas se veían tan armoniosas, tan compatibles.
Isabel se mordió el labio mientras observaba sus espaldas, con una mirada cargada de un odio casi tangible.
—¿No tienes miedo de que Isabel se enoje?
—Ella entenderá. No solo eres la madre de Ulises, también eres quien me salvó la vida.
Nerea arqueó una ceja, escéptica.
—Pues yo creo que no es tan generosa como imaginas. Si me guarda rencor por esto, qué mala suerte la mía.
—No lo hará.
—¿Te atreves a voltear conmigo ahora mismo? Si resulta que soy una malpensada, me disculpo.
Si fuera antes, Cristian habría aceptado sin dudar, pero ahora vaciló.
—¿Qué teme ver el señor Vega? ¿Unos ojos de víbora?
Isabel jamás esperó que ambos voltearan de repente.
En ese instante, no tuvo tiempo de ocultar su mirada rencorosa, que chocó de lleno, desnuda y real, con la mirada de Cristian.
Nerea curvó los labios en una sonrisa.
—Señor Vega, ¿su buen ojo para la gente lo gastó todo en los negocios?
Cristian miraba incrédulo a Isabel a la distancia.
Era la primera vez que veía en los ojos de Isabel una malicia tan intensa que casi se desbordaba; sin máscaras, tan real que no podía negarse.
Nerea tenía toda la razón: eran unos ojos de víbora, crueles y venenosos.

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