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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 285

Cristian no recordaba cómo llevó a Nerea hasta su auto.

Nerea le devolvió el saco.

—Gracias, señor Vega.

Estaba de muy buen humor, con una sonrisa en los labios y los ojos brillando intensamente en la oscuridad de la noche.

Cuando Nerea se fue, Cristian regresó con el paraguas hacia donde estaba Isabel, caminando entumecido como un zombi.

Isabel lo miró con culpa y lo llamó suavemente:

—Cris, yo...

—Vámonos.

Cristian la interrumpió de tajo. Su expresión era extremadamente fría, y su voz sonaba grave y distante.

Sopló el viento.

Hacía mucho frío.

El cuerpo de Isabel tembló involuntariamente, pero Cristian pareció no notarlo; no se quitó el saco para cubrirla.

Isabel sintió una mezcla de agravio y tristeza, pero sobre todo una ira y un odio que no tenía dónde descargar.

¡Ese giro repentino para mirarla seguro fue idea de Nerea!

—¡Cris! —Isabel alzó la vista hacia él y admitió obstinadamente—: ¡Sí, odio a Nerea!

Al escucharla, Cristian frunció el ceño.

—Isa, tú no eras así antes.

Isabel dejó salir su furia con voz llorosa:

—¡Nerea se acostó con mi novio y causó nuestra ruptura! ¡Por su culpa ahora soy la amante! ¿No debería odiarla? ¡La que debería haberse casado contigo era yo! ¡Yo soy la verdadera señora Vega! Pero todo cambió por su culpa. ¿Tengo o no tengo derecho a odiarla? ¿Tengo culpa?

—¿Entonces fue intencional que Nerea recibiera el disparo?

Isabel miró a Cristian con incredulidad, fingiendo estar herida. Dio un paso atrás con el rostro pálido.

—Cris, ¿tan malvada crees que soy? Aunque la odio y desearía que se muriera, tengo límites y tengo conciencia, ¿sabes? Eso es un crimen, ¡es asesinato! ¿En tu mente soy una asesina?

Cristian no lo sabía, pero ahora se sentía muy confundido.

Su amor de juventud, su viejo amor.

Sus sentimientos por Isabel eran tan intensos como en su juventud.

Pero de repente descubrió que ese viejo amor frente a él no era como lo recordaba; parecía haber cambiado mucho.

La razón y la emoción se desgarraban en su interior, causándole un dolor insoportable.

Isabel salió corriendo bajo la lluvia helada, llorando. Cristian la persiguió con el paraguas.

Isabel lo empujó y le gritó:

—¡Vete! ¡Ve a sostenerle el paraguas a Nerea!

Isabel se subió a su auto bajo la lluvia y se marchó.

En la penumbra del auto, mientras se secaba el cabello mojado con una toalla, la mirada de Isabel se volvió fría y calculadora; no quedaba ni rastro de la locura y la ira de hace un momento.

Había admitido a propósito que odiaba a Nerea y había provocado la pelea intencionalmente.

Era una jugada arriesgada, pero clave para salir del atolladero.

Ya que Cristian había visto el odio en sus ojos, lo mejor era admitir abiertamente que estaba celosa.

Quería transmitirle varios mensajes a Cristian:

Ella era la víctima en esa relación.

Su odio hacia Nerea era justificado, era humano.

Al principio tenía una nota fría y clara, como el olor a pino después de la primera nevada, pero en el fondo escondía un toque dulce, sutil y seductor, que dejaba una impresión duradera.

Ella pensó que si a Cristian le gustaba el perfume que le regaló, también le gustaría ella.

Pero al final, solo fueron ilusiones suyas.

Ahora que estaban divorciados, ese aroma había perdido su significado.

Nerea le envió la fórmula a Flavia, la cuñada de Samuel.

Flavia era perfumista y tenía su propia marca de fragancias.

Fue con ella con quien Nerea aprendió a mezclar aromas.

Cuando creó ese perfume, Flavia quiso comprarle la fórmula para producirla en masa.

Al ver el mensaje, Flavia la llamó de inmediato.

—Antes te rogué que me la vendieras y no quisiste. ¿Ahora ya estás dispuesta a soltarla?

Ulises apagó la secadora y se sentó en silencio a un lado para escuchar a su mamá hablar por teléfono.

—Ya estamos divorciados, ¿por qué no habría de soltarla? ¿La quieres o no? Si no, se la vendo a otro.

—La quiero.

—Cámbiale el nombre. Ponle: Esencia de Patán.

Flavia soltó una carcajada.

—Me gusta, ese nombre tiene gancho. Con un poco de publicidad podría ser un éxito.

Al colgar, Ulises siguió secándole el cabello a Nerea; cuando estuvo seco, se lo cepilló con suavidad.

Nerea pensó que estaba entrenando anticipadamente a un buen esposo para su futura nuera.

Se recostó en la silla como una reina, disfrutando con tranquilidad de los cuidados de Ulises.

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