No pudo evitar maravillarse ante la magia de la genética.
Era como si hubiera vuelto a nacer, una versión mejorada.
Después de darse las buenas noches, Ulises regresó a su habitación.
Recordando lo que Nerea acababa de decir, Ulises adivinó que ese perfume había sido creado para Cristian.
Le envió un mensaje a Cristian: [Papá, te vas a arrepentir].
En ese momento, Cristian acababa de regresar a la mansión.
Había bebido unas copas de más esa noche y, coincidiendo con el descenso de la temperatura, tal vez fue el viento frío o simplemente el mal humor lo que le provocó un dolor de estómago.
Se sirvió un vaso de agua, pero al probarlo, estaba helado.
El estómago le dolió aún más.
No sabía si era la enfermedad lo que lo hacía sentir vulnerable o si la noche lo predisponía a pensar demasiado.
De repente sintió que la mansión estaba vacía, fría y desolada, sin un rastro de calidez humana.
¿Por qué no se había sentido así antes?
Los pensamientos de Cristian volaron hacia el pasado.
Antes, sin importar cuán tarde llegara a casa, siempre había una luz encendida.
Nerea solía estar sentada en el sofá leyendo un libro o tecleando en su computadora, esperándolo.
En la cocina, a fuego lento, se mantenía caliente la sopa que ella preparaba; al entrar, se podía oler un aroma intenso y reconfortante.
Nerea sonreía y decía: —Ya llegaste.
Luego iba a la cocina para servirle un tazón de caldo humeante.
Si él llegaba borracho, traído por el chofer, Nerea usaba una toalla tibia para limpiarle la cara y el cuello, le preparaba un té para la resaca y le ayudaba a cambiarse por unas pantuflas cómodas.
Si le dolía el estómago, Nerea buscaba la medicina y se la entregaba en la mano, o sacaba sus agujas de acupuntura para aliviarle el dolor.
Cuando el Grupo Vega estuvo a punto de quebrar, él buscaba proyectos por todas partes y beber hasta vomitar era cosa de todos los días.
La vez más grave terminó hospitalizado por una hemorragia gástrica.
Después de eso, Nerea comenzó a cuidar su dieta y a prepararle comidas especiales.
Durante ese tiempo, la mansión siempre olía a hierbas medicinales.
No era un olor desagradable; al contrario, tenía una fragancia especial. Nunca supo cómo lo lograba.
Cristian encontró la medicina para el estómago y se la tragó con el agua fría. Luego vio el mensaje de Ulises.
Se recostó en el sofá y marcó el número de su hijo.
El eco del tono de llamada resonó en la mansión vacía.
Cuando contestaron, se escuchó la voz algo adormilada de Ulises: —¿Papá?
Cristian, aguantando el dolor, preguntó: —¿Por qué me mandas un mensaje así de la nada?
Ulises suspiró como si ya fuera grande: —No sé, lo sentí. Me he dado cuenta de que, cuanto más conozco a mamá, más creo que es increíble, tiene mucho carisma y es una gran mujer. Si no la valoras, te vas a arrepentir.
—¿Ah, sí? —Cristian soltó una risa leve—. ¿Qué nueva faceta de tu madre has descubierto ahora?
—Acabo de tomarla, no sirve.
Laura recordó lo que solía hacer Nerea. Corrió a la cocina, rebuscó un buen rato y preparó una bolsa de agua caliente para ponerla sobre su estómago.
—Menos mal que no la tiré, esta la compró la señora —dijo Laura, y de inmediato se tapó la boca, temiendo que Cristian se enojara.
Cristian había prohibido mencionar a Nerea en la casa.
Él miró la bolsa de agua con estampado de flores pequeñas que tenía en las manos y no dijo nada.
Al ver que Cristian guardaba silencio, Laura se envalentonó y dijo en voz baja: —Si Nerea estuviera aquí, sería otra cosa. Ella es muy hábil: sabe de acupuntura y de remedios. Usted no tendría que sufrir, patrón. Lástima que yo sea torpe y no sepa nada de eso.
Cristian frunció el ceño y preguntó: —¿Nerea te enseñó a poner agujas?
Laura asintió: —Sí, la señora dijo que por si algún día ella no estaba en casa y ocurría una emergencia, yo podría ayudar. Patrón, no es por ser chismosa, pero la señora lo amaba mucho y es muy capaz. Una mujer que cría a un hijo sin una sola queja y además mantiene la casa impecable... Y luego hasta salió en la televisión. Patrón, una mujer tan trabajadora es difícil de encontrar ni con lupa. Se va a arrepentir de haberse divorciado de ella.
Era la segunda persona esa noche que le hablaba de arrepentimiento.
Cristian sonrió, pero no parecía una sonrisa despreocupada; más bien tenía un matiz de amargura.
—Ya estamos divorciados.
—¡Ay! —Laura se dio una palmada en el muslo, consternada—. Ay, patrón, mire que dejar ir a una buena esposa y a su hijo, deshacer un buen hogar para que ahora esté todo tan triste... ¿Todo para qué?
¿Para qué?
Por Isabel, su amor de juventud.
Pero ahora, ese viejo amor ya no parecía el mismo; se había vuelto alguien extraño para él...

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