Fuera de la sala de urgencias del hospital.
Lucía estiraba el cuello tratando de ver detrás de Yago.
—Yago, ¿dónde está el señor Vega?
—El señor Vega tiene trabajo y no pudo venir. Me pidió que viniera a ver cómo sigue la directora Echeverría.
Lucía frunció el ceño.
—¿Acaso el trabajo es más importante que la salud de Isa? Tiene una hemorragia gástrica y él ni siquiera se digna a venir.
Yago sonrió levemente, pero no contestó.
Lucía, tras desahogarse, suavizó el tono:
—Yago, no me lo tomes a mal. Es que me duele ver a Isa así, estoy angustiada y hablo sin pensar.
—No se preocupe, señora. Lo entiendo.
A su lado, Diego soltó un bufido cargado de sarcasmo.
—¿Quién sabe si es trabajo de verdad o puro cuento? Siendo el prometido de Isa, con ella en el hospital, y que no dé la cara... ¿Qué clase de prometido es ese?
Lucía estaba encantada de que alguien defendiera a Isabel.
Suspiró dramáticamente.
—Qué le vamos a hacer, Cristian tiene mucho trabajo.
Diego se molestó aún más.
—Que un hombre esté ocupado siempre es excusa. No creo que el gran presidente Vega no tenga ni un minuto para ver a su prometida. Como si fuera el único director ejecutivo del mundo.
Yago sonrió:
—El señor Zamora tiene razón. Directores ejecutivos hay miles, levantas una piedra y sale uno, pero no cualquiera es el presidente Vega.
Diego, al sentir la indirecta de Yago sobre que no estaba a la altura de Cristian, se enfureció aún más.
Esa noche, él había actuado como intermediario para ayudar al Grupo Echeverría a negociar un proyecto.
Gracias a él, la negociación iba bien.
Pero el cliente era un borracho de primera. Quería alcohol para todo, y si no bebías con él hasta que estuviera feliz, se enojaba.
Copa tras copa, y no permitía que nadie bebiera en lugar de Isabel. Ella, muy brava, cambió a vasos grandes para seguirle el ritmo al tipo.
Por eso terminó con sangrado estomacal.
Diego se sentía culpable, odiándose a sí mismo por no ser como Cristian.
Si Cristian hubiera estado allí, nadie se habría atrevido a obligar a Isabel a beber.
Isabel no habría tenido que rogarle a nadie; le habrían entregado el proyecto en bandeja de plata.
***
Cuando Isabel despertó y no vio a Cristian en la habitación, supo que no había ido.
En el pasado, si ella se sentía mal, aunque fuera de madrugada y cayera una tormenta, él habría conducido hasta allí para cuidarla.
Pero ahora...
A Isabel le ardía el estómago, pero más le dolía el corazón. Sentía punzadas, como si se lo estrujaran, y el dolor le desfiguraba el rostro.
¿Por qué no vino?
¿Qué está haciendo?
¿Acaso todo este sufrimiento fue en vano?
Se había provocado la hemorragia a propósito, quedando en ese estado lamentable.
Se veían felices, tal para cual, como una familia perfecta.
También había un video donde Cristian miraba a Nerea con asombro y curiosidad, sin parpadear.
Estaba fascinado por ella.
Al menos en ese momento, sí, Nerea lo había cautivado.
Isabel cerró el video rechinando los dientes.
Apretó el celular con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, con los ojos inyectados en sangre. No durmió en toda la noche.
***
Al día siguiente, Cristian llevó a Ulises a la escuela.
Al bajar del auto, Ulises le advirtió de nuevo:
—Papá, toma en cuenta lo que te dije anoche. No quiero que a tu edad te estafen, te quiten el dinero y te rompan el corazón.
Cristian miró su carita seria y solemne, y de pronto se echó a reír, despeinándolo.
—Ya entendí, viejito regañón.
—No me toques la cabeza, me despeinas —se quejó Ulises, arreglándose el cabello.
Cristian lo miró sonriendo mientras se acomodaba.
—Cuando tu mamá te despeina no dices nada.
—Mi mamá me dio la vida, mi mamá me cuidó, mi mamá se arrodilló por mí, recibió un disparo por mí y me donó médula. Mi mamá es la mejor. Solo ella puede despeinarme.
Cuando Ulises entró a la escuela, la sonrisa de Cristian desapareció.
Se quedó en el auto media hora, fumando un cigarro tras otro, repasando todo lo que había sucedido.

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