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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 308

Luego, le pidió a Cristian que se detuviera y procedió a desinfectar y aplicar las agujas.

Cristian preguntó con preocupación:

—¿Puedes hacerlo con un solo ojo?

Nerea respondió con calma:

—Sé poner agujas a ciegas. Un solo ojo no me afectará.

—Bien, si pasa algo, llámame. —Cristian fue a ayudar a vendar a otros heridos.

La situación del paciente era crítica, así que Nerea fue agresiva con el tratamiento. En unos instantes, el paciente recuperó la consciencia y su familia, llorando de alegría, no paraba de agradecer.

Nerea continuó con la acupuntura para asegurarse de que el pasajero resistiera hasta bajar del avión. Apenas terminó, escuchó a una azafata gritar:

—¡Doctora Galarza, este paciente tiene una herida muy grande, no deja de sangrar!

Detener hemorragias era pan comido para Nerea; con unas cuantas agujas, el sangrado se detuvo. Otra azafata gritó:

—¡Doctora Galarza, aquí hay un anciano que no puede respirar!

Nerea se acercó, tomó el pulso y observó el estado del señor. Luego le dio unas palmadas en la espalda y el anciano escupió una flema espesa, respirando profundamente al instante.

Desde la primera clase se escuchó el grito angustiado de una azafata:

—¡Doctora Galarza, venga rápido! ¡Esta niña se está poniendo azul y tiene los ojos en blanco!

La voz de la azafata se volvió aguda por el pánico. Al oírlo, Nerea corrió hacia allá, pero pisó una manzana que había rodado por el suelo. Resbaló y se fue hacia adelante. Se escucharon exclamaciones de susto alrededor.

Cristian, que estaba cerca vendando a alguien, extendió la mano a tiempo y la agarró de la ropa.

—No ves con el ojo izquierdo, ten cuidado.

—Gracias.

Nerea se acercó, desinfectó las agujas y le puso más de diez a la niña hasta que logró estabilizarla.

Una hora después, el avión aterrizó a salvo. El aeropuerto ya estaba preparado para la emergencia. En cuanto tocaron tierra, el personal de tierra y los equipos médicos abordaron. Organizaron la evacuación de los heridos primero.

Después de que bajaron los pacientes críticos, el resto de los pasajeros insistió en que Nerea bajara primero.

—Doctora Galarza, ha trabajado mucho, baje usted primero. Tienen que sacarle ese vidrio del ojo cuanto antes.

—Sí, ¿qué tal si le queda una lesión permanente? Con lo bonitos que son sus ojos.

—Doctora Galarza, baje rápido, nosotros no nos vamos a morir por esperar un poco más.

Nerea juntó las manos e hizo una reverencia de agradecimiento a todos.

Esta vez, cuando Cristian le preguntó si necesitaba ayuda con la maleta, Nerea no se negó. Como tenía un ojo cerrado y no veía bien, Cristian, preocupado de que tropezara, caminaba detrás de ella; con una mano empujaba la maleta y con la otra la sujetaba de la ropa. De su propia maleta se encargaba Yago.

Cristian era el hombre más rico de Puerto San Martín; en cuanto apareció, los reporteros se abalanzaron sobre él, peleando por la primicia.

—¡Ay! —gritó Isabel al ser empujada por la multitud. Luego, otro reportero la golpeó con una cámara en el brazo y la frente; el dolor le sacó las lágrimas.

Cuando volvió a levantar la vista, Cristian y Nerea estaban rodeados como estrellas de cine, bloqueados por tres filas de personas. ¡La que debería estar al lado de Cristian era ella, Isabel! ¡Ella debería ser el centro de atención!

¿Quién se creía que era Nerea?

Los celos de Isabel se dispararon.

—Disculpen, ¿me permiten? —Isabel intentó mantener su buena educación para pedir paso.

Pero nadie le hizo caso. Todos estaban ocupados buscando la nota principal. A lo mucho, la veían como otra colega estorbando.

—¿Qué te pasa? ¿Darte paso? Las noticias se ganan peleando. La próxima vez corre más rápido.

Isabel se señaló a sí misma.

—¿No saben quién soy?

Un camarógrafo la miró de arriba abajo.

—Estás guapa. ¿Eres una actriz de quinta o qué?

Isabel lo insultó mentalmente: «Ciego imbécil, tú eres el de quinta. Bola de arrastrados».

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