De repente, los ojos se le enrojecieron; parecía un perrito regañado que la miraba con una esperanza patética.
—Nerea, tócame más, a lo mejor te termina gustando. Tengo muy buen cuerpo, me la pasé en el gimnasio todo el tiempo que estuve en Puerto Rosales.
Nerea se obligó a mantener la calma.
—No me gusta. Suéltame.
Kevin comenzó a decir disparates:
—Nerea, si me lo hubieras dicho antes, no habría perdido un año de mi vida. Y ahora no andaría metiéndome donde no debo. Así que me debes una explicación.
Nerea le gritó:
—¡Kevin!
De pronto, él se echó a llorar y bajó el tono de voz:
—Conoces bien mi cuerpo, soy una persona que seguro te va a gustar, Nerea.
Kevin dio un paso adelante y enterró la cabeza en el hombro de ella. Las lágrimas no dejaban de caer mientras hablaba con la voz entrecortada:
—Ya no quieras a mi hermano. Él... él ronca cuando duerme y le huelen las patas. No es nada tierno con las mujeres, tiene cicatrices en la cara y no es tan guapo como yo.
—¿Por qué no me miras a mí? No me quito la ropa para hacerte nada malo, solo quiero que veas mi cuerpo, puedes tocar si quieres. Si te gusta, también puedes besarme, no me voy a resistir. Quiero ser tu perro, Nerea.
Nerea pensó que si Kevin se atrevía a forzarla, le daría tal golpiza que lo dejaría buscando sus dientes por el suelo y chillando del dolor.
Pero nunca esperó que Kevin le saliera con ese drama.
Nerea lo empujó por los hombros.
—Kevin.
—Todo es tu culpa, Nerea. Por tu culpa desperdicié un año entero en Puerto Rosales. ¿Sabes cómo pasé ese año allá?
—Todos los días pensaba en ti, hasta en mis sueños, todo eras tú. Me dolía el corazón de solo pensarlo. ¿Sabes cómo fue mi terapia psicológica? Electrochoques, medicamentos y un montón de métodos que ni te imaginas.
—Pero sigo sin poder olvidarte; al contrario, te extraño más. Nerea, todo es por tu culpa, tienes que compensarme. Nerea, ¿me escuchas?
Kevin sollozaba en voz baja, sonando infinitamente triste y agraviado.
Nerea suspiró.
—Ya no llores. ¿Qué es lo que quieres exactamente?
—Quiero ser tu perro.
***
Por la noche, Kevin se empeñó en compartir la habitación con Nerea.
Ella lo pateó fuera de la cama, así que él armó un tendido en el suelo y se quedó ahí, mirando fijamente a Nerea con los ojos hinchados como nueces, pero con la mirada encendida.
Nerea le lanzó una almohada.
—Deja de mirar y duérmete.
A medianoche, cuando Nerea ya estaba dormida, Kevin se subió a la cama a hurtadillas y se acostó sigilosamente a su lado.
Sus dedos avanzaron poco a poco hasta agarrar una esquina de la ropa de Nerea, y así se quedó dormido.
Cuando Nerea despertó, se encontró con el grandulón de un metro ochenta y nueve acurrucado obedientemente a su lado, como un camarón gigante.
Nerea se quedó sin palabras.
Al ver que estaba profundamente dormido, miró de reojo el celular que asomaba en el bolsillo del pantalón de él y estiró la mano para tomarlo.
No esperaba que Kevin abriera los ojos de golpe y, con un movimiento rápido, se diera la vuelta dejándola atrapada debajo de él.
—Si quieres tocarme puedes decírmelo, no hace falta que sea a escondidas.
—No quería eso. ¡Bájate!
Nerea solo quería hacer una llamada de auxilio.
Kevin la miraba con los ojos brillantes.
—Nerea, abrir los ojos y verte es lo mejor, no es falso, no es un sueño. Estoy muy feliz. Buenos días.
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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio