La voz del hombre sonaba borrosa pero gentil, ese tono que ella había deseado escuchar durante catorce años sin conseguirlo.
Nerea apretó el celular con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. De verdad que no se molestaban en ocultar nada frente a ella, no la trataban como a un ser humano.
No imaginaban que a ella también le dolía, que también tenía sentimientos.
Aunque ya había decidido divorciarse, tantos años de amor no se podían borrar ni superar de la noche a la mañana.
—¿Pasa algo? —La voz de Cristian volvió a sonar clara y fría, como una cubetada de agua helada en la cara.
Nerea se calmó rápidamente, aunque su voz aún tenía un deje ronco.
—¿Quién está cuidando a Ulises?
Aunque había decidido no pelear la custodia de Ulises, no podía dejar de preocuparse. Si Cristian estaba con Isabel, ¿qué pasaba con el niño?
—Laura regresó.
Nerea soltó una risa amarga.
—¿Lo dejaste con la niñera?
Cristian respondió sin ninguna emoción:
—Si no te quedas tranquila, puedo darte la custodia para que lo cuides tú personalmente.
¿Cuidarlo personalmente?
No era como si no lo hubiera hecho antes, pero al final...
«Olvídalo», pensó Nerea cerrando los ojos con fuerza.
—La custodia quédatela tú. No estoy de acuerdo con la distribución de bienes. Dile a tu abogado que redacte un nuevo acuerdo.
Dicho esto, Nerea colgó primero. Cuando logró calmarse, vio a Federico petrificado frente a ella.
—¿Estás casada? ¿Y te vas a divorciar?
Nerea fingió naturalidad.
—Qué sorpresa, ¿eh?
—Pareces de la edad de mi hermana menor. Además, todos dicen que eres la novia del jefe, nuestra patrona.
Nerea no pudo evitar reír.
—No sabía que fueras tan chismoso. Pero lo de patrona sobra.
—Perdón, no fue mi intención escuchar tu llamada.
—No pasa nada, no es ningún secreto de estado.
Caminaron juntos hasta el estacionamiento. Antes de despedirse, Federico le prometió con cara muy seria:
—Descuida, no se lo diré a nadie.
Nerea le sonrió agradecida.
—Tampoco pasa nada si lo dices. Nadie me va a menospreciar por estar casada y divorciarme, ¿verdad?
—Ya le quité las espinas.
—¿Todavía te acuerdas?
—No tengo demencia senil, ¿por qué no me iba a acordar?
A Nerea le gustaba el pescado pero odiaba las espinas. Cuando estudiaban, antes de cada examen mensual apostaba con Samuel a ver quién sacaba el primer lugar. Samuel siempre perdía, y su castigo era quitarle las espinas al pescado.
—¿Nerea?
Nerea levantó la vista al escuchar su nombre. Era la hermana de Cristian, Noa Vega.
Vestía un traje sastre impecable; se notaba que era una mujer de negocios exitosa, nada que ver con Felicia, la niña rica y descerebrada. Eran polos opuestos.
Noa saludó a Samuel con un asentimiento.
—Señor Aranda.
Samuel asintió.
—¿Se le ofrece algo, señorita Vega?
Noa miró a Nerea.
—Nerea, sal un momento.
Noa acababa de regresar de un viaje de negocios en el extranjero y no sabía nada sobre el divorcio de Nerea y Cristian.
Acababa de ver con sus propios ojos cómo Samuel le servía el pescado a Nerea con total atención; ambos reían y charlaban, y su relación parecía todo menos casual.

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