Isabel terminó de ver la entrevista de Nerea y el pánico se apoderó de ella, apenas pudiendo contener el odio que le carcomía las entrañas.
¡Nerea! ¡¿Por qué siempre tiene que ser Nerea?!
Desde que se la toparon afuera del restaurante, supo que nada bueno saldría de eso.
Pero no era momento de lamentarse. Tenía que arreglar esto, tenía que calmar a Cristian.
—Cris, escúchame, por favor.
—Ya te di una oportunidad hace un momento. —Cristian esquivó su mano, se levantó y se dio la vuelta para irse.
No quería ver a Isabel.
Verla solo le recordaba que el cariño que había atesorado durante años no era más que una sarta de mentiras.
Se sentía como un completo imbécil.
Isabel se abalanzó sobre él, aferrándose a su brazo con lágrimas en los ojos, desesperada. —Cris, vamos a otro lado a platicar tranquilos, ¿sí?
Lo miró con esos ojos de cachorrito atropellado, llenos de una súplica humillante.
—Cris. —Isabel sacudió suavemente su brazo, rogando—: Ándale, por favor, ¿sí?
Cristian la miró con frialdad y retiró su brazo poco a poco. —No sé de qué más podríamos hablar. Ya no sé qué es verdad y qué es mentira contigo. Tal vez nunca has dicho una sola verdad en tu vida. Eres una mentirosa por naturaleza.
—No lo soy. —Isabel volvió a agarrar con fuerza la mano de Cristian—. No lo soy, Cris, no es así, yo te amo.
Al escuchar ese «te amo», Cristian soltó una risa burlona y llena de desprecio. —Suéltame.
Isabel negó con la cabeza, con los ojos enrojecidos.
—¡Que me sueltes!
Cristian se soltó de un tirón. Isabel, pensando rápido, se dejó caer a propósito contra la mesa. La sangre comenzó a brotar de su frente y fingió desmayarse.
Cristian frunció el ceño, mirándola desde arriba. Se quedó ahí, debatiéndose unos segundos.
Finalmente, llamó a un mesero y le pidió que la llevaran al hospital.
Isabel, con los ojos cerrados, sintió un vuelco en el estómago. No podía creer que Cristian ni siquiera quisiera llevarla él mismo al hospital.
Pero en ese momento no se le ocurría nada mejor; era la única forma de terminar la escena sin perderlo todo.
Aunque sabía que Nerea estaba cerca viendo su humillación, tuvo que recurrir al papel de víctima para retener a Cristian.
Mientras lograra que Cris se quedara, encontraría la forma de llevarlo a la cama.
No creía que, después de acostarse con ella, Cristian siguiera ignorándola.
Isabel mantuvo los ojos cerrados con fuerza, fingiendo estar inconsciente, pero el leve temblor de sus pestañas no pasó desapercibido para Cristian.
Otra vez fingiendo. Otra vez mintiendo.
Cristian sintió una decepción abrumadora, y el dolor en el pecho se hizo cada vez más intenso.
Todo el dulce amor del pasado se había convertido en cuchillos envenenados.
Se le clavaron en el corazón, haciéndolo sangrar, provocándole un dolor insoportable.
Cristian apretó la mandíbula, se dio la vuelta con decisión y caminó hacia la mesa de Nerea.

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