Al ver a Nerea, Cristian se quitó el cigarro de la boca y lo apagó.
—Te estaba esperando.
Nerea caminó hacia él con expresión serena y voz fría:
—Quítate.
Cristian se enderezó, dando un paso atrás.
—¿Estás bien?
—Cristian, ¿haces todo esto por culpa? ¿Quieres compensarme?
—Sí, y no. —Al menos no del todo; parecía haber una preocupación diferente mezclada.
Al ver que su coche seguía en el estacionamiento, se dijo a sí mismo que fumaría un cigarro antes de irse. Fumó uno, dos, tres, hasta que ella salió.
Nerea no tenía interés en adivinar sus pensamientos. Abrió la puerta del coche y, antes de subir, lo miró.
—No me importa cuál sea tu intención. No lo necesito y no me interesa.
***
El juicio contra el Grupo Echeverría por falsificar proyectos usando el nombre del Grupo Vega dio inicio.
Lorenzo, como responsable de la empresa, fue demandado junto con los demás implicados.
Nerea acompañó a Estefanía al juicio; la oportunidad de ver con sus propios ojos cómo enviaban a ese miserable a la cárcel no se presentaba todos los años, y no se la podían perder.
Fuera del tribunal se encontraron con Lucía y Lorenzo.
Lorenzo parecía haber envejecido mucho; tenía el rostro lleno de arrugas y le habían salido muchas canas. En cambio, Lucía iba vestida de manera opulenta, con ropa y accesorios de marcas de lujo. Cualquiera pensaría que iba a un banquete.
Al encontrarse los enemigos, la tensión se disparó.
Lucía frunció el ceño:
—¿Qué hacen ustedes aquí?
Estefanía miró de reojo a Lorenzo y luego posó su vista en Lucía.
—Te arreglaste mucho. ¿Planeas buscarte un «segundo aire» en cuanto metan a Lorenzo a la cárcel?
Nerea añadió:
—Es muy probable. Escuché que hoy vendrá mucha gente de la alta sociedad. Como cierto patán ya no sirve para nada, con su apariencia tal vez logre conseguirse otro.
Lorenzo tenía mala cara, pero en el fondo no podía evitar preocuparse. Él y Lucía se habían divorciado hacía tiempo y él casi no tenía bienes a su nombre. Todo estaba a nombre de Lucía, Isabel y Clara. Lo habían hecho por precaución, como muchos empresarios.
Antes no le daba importancia; era joven, apuesto y le iba bien en los negocios, y Lucía era atenta y cariñosa. Pero últimamente, Lucía parecía tenerle menos paciencia.
Aunque Lucía ya rondaba los sesenta, parecía de cuarenta y tantos. Desde que se casó con él, no había movido un dedo en casa y visitaba el salón de belleza varias veces a la semana; se conservaba muy bien.
Si Lucía realmente lo abandonaba por otro, él se quedaría sin un centavo, en la calle. Peor que un mendigo.
Lorenzo miró a Lucía con preocupación.
—Lucía...
Lucía, furiosa, le dio un empujón en la frente.
—¡Lo dicen a propósito para separarnos! ¿No te das cuenta? ¡Cómo te voy a dejar! Eres el padre de mi hija.
Dicho esto, Lucía miró con furia a Estefanía.
—Estefanía, te lo advierto, no creas que te tengo miedo. ¡Si vuelves a decir tonterías, no seré amable!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio