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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 362

Así que se contuvo; una paliza bastaría para desahogarse. Lo demás, poco a poco.

Al ver que Nerea se detenía, Cristian preguntó:

—¿Listo? ¿Ya no le vas a pegar más?

Nerea le dio una patada a Diego, que yacía inmóvil en el suelo; el costal estaba manchado de sangre.

—Si le sigo pegando, se muere.

En ese momento, sonó el teléfono de Cristian; era uno de sus vigías en la carretera. La gente de los Zamora venía en camino, llegarían en unos diez minutos.

—Vámonos, vienen los Zamora —dijo Cristian, y añadió—: Vienen desde el lado de Alicante, no regreses por donde viniste o te los toparás de frente.

Antes de irse, Cristian hizo que sus guardaespaldas le quitaran la ropa a Diego y le tomaran varias fotos.

El coche de Cristian y el de Nerea salieron uno tras otro, a toda velocidad por los estrechos caminos rurales.

***

El secuestro de Diego a plena luz del día en Puerto San Martín enfureció a los Zamora.

La policía abrió una investigación y capturaron a los matones que se lo llevaron. El resultado del interrogatorio fue simple: Diego se les había cerrado en el tráfico, haciéndolos quedar mal frente a unas mujeres. Como estaban bebidos y enojados, decidieron vengarse.

Pedro también fue llamado a declarar. Pero los Escobar ya tenían todo arreglado; Pedro tenía una coartada sólida. A la hora de los hechos, estaba bebiendo en un bar, acompañado por varios jóvenes ricos y mujeres hermosas. Las cámaras de seguridad del lugar lo confirmaban.

El abogado le informó de la situación a Diego en la habitación del hospital.

Tras escuchar el informe, Diego estalló en cólera, insultando al abogado y llamándolo inútil.

Isabel, que había ido a visitarlo con sopa, trató de calmarlo con voz suave:

—Diego, no te enojes, tu salud es lo primero. Si no fue Pedro, ¿podría haber sido alguien más? ¿Por ejemplo, Cristian y Nerea?

Diego miró a Isabel.

Ella bajó la mirada, soplando suavemente la sopa antes de acercársela a la boca. Al notar que él la observaba, sonrió levemente.

—¿Qué pasa? Solo lo decía por decir. En ese momento, por defenderme, ofendiste a Cristian y a Nerea en el club. Ya viste lo despiadado que puede ser Cristian, ni siquiera yo me salvé. Y Nerea tampoco es de las que se dejan, a la menor provocación se va a los golpes. Como la obligaste a beber esa droga, seguro te guarda rencor.

Bajo la sutil sugerencia de Isabel, Diego, como víctima, entregó a la policía una lista con dos sospechosos más: Nerea y Cristian.

Nerea fue citada a la comisaría para colaborar con la investigación. Al llegar al estacionamiento, se encontró con Cristian, que también iba a ser interrogado. Se miraron y caminaron juntos hacia la entrada.

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