Hasta que apareció la pintura antigua que Nerea quería.
Nerea se había alojado en la mansión de los Zamora por unos días, así que sabía que a la señora Zamora le encantaba coleccionar arte.
Justo cuando Nerea levantó su paleta, Isabel también lo hizo.
Nerea miró a Isabel, que estaba sentada al otro lado.
Isabel lanzó su oferta: —Un millón.
Nerea curvó los labios en una sonrisa: —Cincuenta millones.
Desde el momento en que recibió los bienes del divorcio, Nerea se había transformado en una mujer rica y poderosa. Con tanto trabajo, ni siquiera había tenido tiempo de gastar su fortuna.
Esta era la oportunidad perfecta.
Además, Nerea no era una santa.
Ella era rencorosa.
Su lema era: «La venganza es un plato que se sirve frío».
Si se le presentaba la oportunidad, no iba a tentarse el corazón.
Aún recordaba la primera vez que se encontró con Isabel en una subasta.
Isabel y Cristian estaban sentados en primera fila, peleando con ella por un regalo para su abuela.
En ese entonces, ella no tenía dinero ni poder, así que tuvo que tragarse el coraje.
Pero ahora, al menos tenía dinero propio.
Para gastar no necesitaba verle la cara a ningún hombre, ni rogarle a nadie.
El precio inicial de la pintura era de medio millón, y Nerea lo subió a cincuenta millones de un solo golpe.
Sin un buen respaldo financiero, nadie se atrevería a ser tan arrogante.
Muchos se retiraron de la puja.
Pero en el lugar no faltaba gente conocedora y con dinero.
Había dos personas más ofertando. Después de dos rondas, Nerea subió la oferta directamente a doscientos millones.
En este punto, nadie más se atrevió a competir con ella.
Nerea miró a Isabel, que permanecía en silencio al otro lado.
—Directora Echeverría, si no oferta, la pintura será mía.
Isabel acababa de pagar las deudas de Lorenzo; ahora tenía los bolsillos más vacíos que su conciencia. La empresa también estaba apretada de fondos y el banco la estaba presionando.
Isabel no podía sacar ni un centavo; estaba avergonzada y en apuros.
Diego, a su lado, la animó: —Isa, no tengas miedo, estoy aquí.
Isabel bajó la cabeza, negando suavemente, y susurró: —Diego, déjalo así.
—¡No puedo dejarlo así! —Diego miró con odio a Nerea y levantó su paleta—. ¡Trescientos millones!
Nerea aplaudió con una sonrisa y subió la apuesta: —Seiscientos millones.
Diego, rechinando los dientes, ofertó: —Novecientos millones.
Nerea continuó con calma: —Mil doscientos millones.
A Diego se le heló la sangre por un instante. Después de todo, aún no había tomado el control oficial del Grupo Zamora y actualmente estaba suspendido. Tampoco tenía negocios independientes que lo respaldaran.
La falta de liquidez lo dejó con un nudo en el estómago y la cara ardiéndole de vergüenza.
Se quedó sin salida: ni podía echarse para atrás ni tenía con qué sostener la apuesta.
Para colmo, Nerea lo miraba sonriente desde el otro lado, e incluso hizo un gesto de invitación, como diciendo que estaba lista para seguir hasta el final.
Diego no se movió por un buen rato. Nerea arqueó una ceja y se burló suavemente:


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