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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 377

Nerea, mientras elegía un vestido con total parsimonia, respondió con indiferencia:

—¿Crees que no tengo nada mejor que hacer? ¿Seguirte a ti?

—Nosotros acabamos de llegar y tú apareces justo después. Si no es acoso, ¿cómo explicas tanta coincidencia? ¿Otra vez quieres entrometerte? Quieres humillarme y arruinar mis planes.

Mientras hablaba, los ojos de Isabel se enrojecieron, apretó los puños y tembló de rabia.

Nerea la miró de reojo y soltó con sarcasmo:

—Isabel, es una lástima que no te dediques a la actuación.

—¡Nerea! —Diego, ardiendo en ira, gritó con las venas del cuello marcadas—. ¡Si te atreves a provocarla otra vez, no responderé de mí!

Nerea señaló a los guardaespaldas.

—Joven Zamora, todos somos adultos. Antes de hacer un berrinche, investigue bien. Pregúntele a su propio escolta; al subir al coche solo dije que quería comprar un vestido. Fue su chofer quien me trajo a este centro comercial.

—Además, el empleado puede verificar mi cuenta para ver si soy cliente VIP Platino. Así sabrán por qué estoy en esta tienda.

El guardaespaldas asintió.

—Señor, la señorita Galarza no miente.

El empleado, siguiendo las instrucciones de Nerea, regresó con un historial de compras impreso, una lista larguísima. Cada cambio de temporada, Nerea compraba colecciones enteras, ordenando más de diez conjuntos a la vez para ahorrarse el tiempo de ir de compras.

Nerea le entregó la lista a Diego.

—Joven Zamora, un consejo: como adulto capaz de pensar por sí mismo, creer ciegamente sin usar el cerebro no es bueno. Puede llevar a la demencia prematura; en otras palabras: se va a quedar idiota.

Nerea dejó de prestarles atención y se giró para elegir un vestido.

Señaló un vestido blanco.

—Ese.

Isabel intervino de inmediato: —Yo vi ese primero.

En una tienda de este nivel, aunque los vestidos fueran *prêt-à-porter*, solo había uno de cada modelo para evitar la vergüenza de que dos personas vistieran igual.

Nerea sonrió levemente.

—¿Quién dijo que lo quería? Solo iba a decir que ese se ve muy corriente, no me gusta, no lo quiero.

Isabel echaba fuego por los ojos.

—Nerea, lo haces a propósito. Solo quieres humillarme.

—Hablo del vestido, es solo una opinión. No dije que tú fueras corriente o fea, Directora Echeverría. ¿Por qué te enojas? Ni siquiera el empleado de la marca dijo nada.

El empleado bajó la cabeza, deseando escapar de ese campo de batalla. Pero ambos eran clientes importantes.

Isabel rompió a llorar de coraje y miró a Diego con aire de víctima.

Diego solo pudo consolarla: —Vámonos, te llevaré a otra tienda.

Isabel le agarró la mano y susurró:

—La ropa de otras tiendas no tiene el impacto de esta marca. Mañana habrá muchas familias importantes; si voy mal vestida, no me importa que me critiquen a mí, pero me da miedo avergonzarte. Ya sabes cómo es la alta sociedad; no dirán nada en tu cara, pero a tus espaldas se burlarán de tu mal gusto. Y mi reputación ya está bastante dañada.

Si un adulto se llenara de oro se vería vulgar, pero en la pequeña Leticia, que parecía una muñeca de porcelana, era diferente.

Su carita sonrosada y sus manos regordetas luciendo el oro la hacían ver inmensamente rica y adorable; daban ganas de abrazarla.

Cuando Nerea salía de compras, no se medía; era terapia de consumo.

Compraba y compraba, tarjetazo tras tarjetazo.

No solo eso, Nerea también compró un pequeño regalo para el chofer y el guardaespaldas que la acompañaban.

El chofer miró la pieza de oro en su mano y trató de rechazarla: —Señorita Galarza, es demasiado valioso, no puedo aceptarlo. Si los señores se enteran, nos regañarán.

El guardaespaldas asintió.

Nerea dijo con naturalidad: —Son solo baratijas que venían de regalo por comprar el oro, no valen mucho. Si les preocupan el Joven Zamora y su madre, pues que quede entre nosotros tres y ya. No se lo digan. No hay otra intención, solo quiero agradecerles por acompañarme hoy.

El chofer y el guardaespaldas estaban muy agradecidos y su servicio se volvió aún más atento.

Al día siguiente, fue el cumpleaños de la señora Zamora.

El lugar estaba lleno de políticos, celebridades y aristócratas; el ambiente era vibrante.

Nerea le dio un tratamiento de acupuntura y masaje al abuelo de la familia Zamora, y luego los sirvientes la guiaron al salón de banquetes.

Nerea le entregó su regalo a la señora Zamora con una sonrisa.

La señora Zamora estaba muy agradecida y tomó la iniciativa de presentarle a varias damas de la alta sociedad. Las personas que se juntaban con la señora Zamora eran, naturalmente, de su misma clase y estatus.

Nerea las saludó con naturalidad y elegancia.

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