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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 391

En cuanto Leonardo colgó la llamada y entró a la habitación, vio a Cristian aferrado a la mano de Nerea.

Se acercó a zancadas con el rostro endurecido.

—Señor Vega, le pido que la suelte. Está lastimando a mi novia.

Al escuchar la palabra «novia», las pupilas de Cristian temblaron y, sin querer, apretó con más fuerza el brazo de Nerea.

Nerea frunció el ceño.

—¡Cristian!

Cristian la miró con los ojos enrojecidos, con el arrepentimiento desbordándose en su mirada.

—Nere, me equivoqué. Te fallé, lo sé. ¿Podrías darme otra oportunidad?

Se veía patético, como si lo hubieran dejado tirado.

Realmente ridículo.

Nerea soltó una risa burlona.

—Cristian, solo porque alguna vez me salvaste la vida, te voy a recomendar un buen neurólogo. ¡Ve a que te revisen el cerebro, porque estás enfermo!

Nerea tiró con fuerza para liberar su mano y se dio la media vuelta para irse.

Cristian se quedó mirando su espalda, tan decidida e implacable, mientras un dolor agudo se extendía por su pecho y se negaba a desaparecer.

Quizá sí estaba enfermo.

Si no, ¿por qué tendría ese sueño?

Soñó con un verano de hace muchos años, con el canto ensordecedor de las cigarras.

Un callejón apartado.

Nerea, de trece años, había sido interceptada por unos pandilleros que le exigían dinero.

En aquel entonces, ella llevaba el uniforme escolar azul y blanco, cargaba una mochila y se veía inocente y tierna.

Obediente, sacó todo el dinero que traía en la bolsa y se los dio.

—Qué niña tan obediente. Ándale, preciosa, vámonos a divertirnos.

Los delincuentes empezaron a querer tocarla.

¿Quién hubiera imaginado que, en ese tiempo, Nerea era como una oveja mansa, fácil de intimidar y sin capacidad de defenderse?

Él gritó para que se detuvieran, pero los tipos hicieron oídos sordos. Justo en ese momento…

Apareció su versión adolescente y, con una patada giratoria, mandó a volar a uno de ellos.

Fue entonces cuando comprendió que él solo era un espectador en ese sueño.

Y también fue en ese instante cuando vio con claridad, en los ojos de Nerea, un amor tan ardiente como el sol.

Su corazón pareció quemarse con esa emoción intensa; se contrajo violentamente y sus latidos se aceleraron.

La escena cambió. Ahora estaba en la residencia de la familia Galarza, en la habitación de Nerea.

Nerea estaba sentada frente a su escritorio, abrió un cuaderno y, con unos cuantos trazos, dibujó al Cristian adolescente. Luego, escribió con letra cuidadosa:

«La persona que me gusta: Cristian.»

«Plan de conquista:»

«1. Conocer sus intereses y pasatiempos para tener temas de conversación.»

«2. Volverme tan excelente como él, aprender todas sus habilidades para poder estar a su altura.»

«3. Ganarme a sus amigos. Aunque siento que ese el Güero que anda con él no es muy listo, no sé por qué son amigos. El otro, el callado, se ve mucho más confiable.»

El «Güero» era Fabián Álvarez; el callado era Liam Santillán.

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