Más tarde, Nerea se dedicó a la ciencia y ganó premios hasta cansarse. Se unió a la Academia de Ciencias, participó en proyectos nacionales y se convirtió en la científica más renombrada del mundo. Era segura, brillante, resplandeciente.
Él se arrepintió. Usó todos los medios posibles hasta que Nerea perdió la memoria, y finalmente logró recuperarla. Ese tiempo fue tranquilo y cálido, hermoso como un sueño. Sintió por primera vez el calor de un hogar. Eso se lo dio Nerea.
Esa sensación lo hizo adicto. No quería despertar, quería quedarse ahí para siempre.
Hasta que escuchó la voz de Nerea y olió su aroma.
—Nere, perdóname. —Una lágrima rodó por la comisura del ojo de Cristian.
Tenía los ojos rojos, llenos de una culpa infinita, remordimiento, dolor y renuencia. Todas esas emociones se fundieron en una disculpa profunda.
Parecía que realmente se arrepentía, que sabía que se había equivocado. Pero ser adulto significa pagar por tus errores. No basta con pedir perdón para ser perdonado.
Pero antes de que Nerea pudiera hablar, Esmeralda empezó a gritar: —Cris, ¿estás bien? ¿Por qué le pides perdón a ella? Tú fuiste el que salió herido por salvarla, ¡ella es la que debería pedirte perdón!
Nerea soltó una risa burlona. —¿Yo le pedí que me salvara? ¿Quién quiere que me salve? Qué ganas de hacerse el héroe.
Una expresión de dolor cruzó los ojos de Cristian. Leonardo lo notó todo, pero en ese momento sonó su teléfono; era el mando superior. Le avisó a Nerea y salió de la habitación, escuchando los gritos de Esmeralda de fondo.
—¡Escúchala! ¿Escuchas lo que dice? No tiene vergüenza, es una bestia. Deberías haber dejado que la aplastaran, se lo merecía.
Cristian frunció el ceño y dijo con voz tajante: —¡Mamá, discúlpate!
—¡¿Qué?! —Esmeralda saltó del susto y lo miró atónita.
Nerea alzó una ceja y observó a Cristian discretamente. No podía descifrar qué estaba pensando él en ese momento. Pero pensara lo que pensara, nada iba a cambiar.
—Cristian, no creas que por esto te voy a estar agradecida. Para mí, tú y toda la familia Vega me dan asco.
—Lo siento —dijo Cristian bajando la cabeza, con la voz apagada.
Sabía que él le había congelado el corazón, por eso ella lo rechazaba así. Afortunadamente, esto no era el sueño; los Galarza seguían vivos, todavía había oportunidad de arreglar las cosas.
Esmeralda estaba en shock otra vez. Sospechaba que Nerea le había hecho algo a Cristian. Se giró furiosa hacia Nerea y rugió: —¡Nerea, maldita zorra! Sabía que no tenías buenas intenciones. ¿Qué le hiciste a mi hijo? ¿Por qué está así? Si no lo regresas a la normalidad ahorita mismo, voy a llamar a la policía para que te pudras en la cárcel.
Si no fuera porque Leonardo recibiría una sanción si Cristian no despertaba, Nerea no lo habría salvado. Que se quedara como vegetal toda la vida hubiera estado perfecto.
Nerea curvó los labios en una sonrisa fría: —Los Vega, tan prepotentes como siempre. ¿Qué, no les bastó con encerrarme en los separos antes? ¿Ahora quieren que me pudra en la cárcel?
En ese instante, la imagen de Nerea saliendo de prisión golpeó la mente de Cristian. La nieve cayendo, el frío, ella en ropa ligera agachada en el suelo, llorando sola. Solo de pensarlo, el corazón le dolía a reventar. Le dolía hasta dejarlo sin aliento.

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