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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 393

Isabel estaba de pie junto a Cristian, aferrada a su brazo, vestida con elegancia y maquillada hermosamente, segura y desenvuelta.

La mirada de Nerea se apagó.

A su lado, el Cristian espectador frunció el ceño y encogió los dedos; tenía muchas ganas de acercarse, arrojar a Isabel lejos y decirle que se largara.

Pero no podía hacer nada.

Solo podía ser un espectador.

Samuel notó su cambio de ánimo y le preguntó:

—¿Qué pasa?

Nerea susurró:

—Parecen el príncipe y la princesa de un cuento de hadas. Hacen muy bonita pareja.

Cristian dijo con asco:

—No, para nada.

Samuel se sorprendió:

—No me digas, ¿te sientes menos?

Nerea suspiró.

—El amor te hace sentir insegura, te hace sentir inferior y cobarde, es normal.

—¡Pendejadas! El amor te hace sentir poderosa y segura, te hace brillar. Si el amor te hace sentir menos y perderte a ti misma, eso solo significa que no es amor de verdad, es basura.

Cristian guardó silencio. Sintió que Samuel tenía mucha razón.

Pero también sintió que Samuel lo estaba insultando a él.

Aunque en algo no se equivocaba.

Él era basura.

Nerea no dijo nada, estaba desanimada y triste.

—¿Entonces piensas rendirte y dejarlos ser felices?

Nerea negó con la cabeza, con la mirada firme:

—No, me gusta él.

Dos meses después.

La cadena de capital del Grupo Vega se rompió. El padre de Cristian fue orillado a saltar de un edificio y la familia Vega quedó tambaleándose en medio de la tormenta.

Las familias poderosas de Puerto San Martín miraban al Grupo Vega como una presa jugosa, esperando que cayera pronto para repartirse los restos.

Así que, aparte de la familia Santillán y Fabián, nadie ayudó a los Vega.

Despacho de la familia Galarza.

Nerea se arrodilló en el suelo.

—Papá, te ruego que ayudes a la familia Vega. Cristian tiene mucho talento, él sin duda puede hacer que el Grupo Vega se recupere. Tómalo como una inversión, ¿sí?

—Nere, ¿te gusta Cristian?

—No. Solo es mi compañero de la universidad. Siempre me ha cuidado y estoy muy agradecida, además confío en su capacidad.

—Bien, ya entendí. Te gusta.

—Papá, ¿vas a aceptar o no?

—Está bien, acepto.

Al tercer día, en el laboratorio de la universidad.

Nerea llevaba su bata blanca y estaba haciendo un experimento.

Cristian estaba sentado frente a ella, mirándola en silencio.

Observaba su expresión concentrada, sus movimientos precisos, sus cejas finas, sus pestañas tupidas y su piel tan blanca que parecía brillar.

—Nerea, sal.

De repente se escuchó una voz familiar en la puerta; era su propia voz.

El Cristian del sueño había llegado.

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