Sala de estar de la residencia Escobar.
Marcos acababa de regañar a Isabel. El rostro de ella palideció y su delgado cuerpo se tambaleó ligeramente, como si fuera a desmayarse.
Pedro, que estaba agachado cerca, se levantó de inmediato para sostenerla.
—Papá, ¿por qué regañas a Isa? Ella solo se preocupa por mí. Sabes bien que usa un corazón artificial, ¿y aun así la tratas mal?
—¿Que la regañé por error? Nerea fue atacada en Valparaíso, ¿acaso no fue obra suya?
Pedro respondió con impaciencia:
—No, ya te lo he dicho mil veces, no fuimos nosotros. Hasta la policía nos declaró inocentes, ¿por qué sigues sin creernos?
Marcos la miró con una dureza que hizo que Isabel bajara la vista.
Naturalmente, creía en su hijo, pero Isabel era muy sospechosa. El hecho de que hubiera podido regresar a Puerto San Martín sin problemas ya era de por sí extraño. Sin embargo, Pedro estaba completamente cegado; se empeñó en traer a Isabel a vivir a la mansión Escobar y la trataba como a un tesoro todos los días. Marcos estaba tan furioso que le habían salido más canas.
—Ya que al señor no le agrado, será mejor que me vaya —dijo Isabel con una expresión frágil pero con mirada firme—. Pedro, parece que no estamos destinados a estar juntos. Olvidemos la boda. Me llevaré a Leira y a Leo, nos iremos lejos y no volveremos a aparecer frente a ti.
—¡No lo permito! —Pedro la agarró de la mano con fuerza.
Miró a Marcos con determinación y enojo, reclamándole:
—Papá, si Isa se va, yo también me voy. Hace años, si no te hubieras entrometido, Isa y yo no nos habríamos separado; nos habríamos casado hace mucho y seríamos una familia feliz. No habrían pasado todas estas desgracias.
En el pasado, cuando estaban en el extranjero, Isabel salvó a Pedro cuando este resultó herido. Como Isabel había salvado a Cristian anteriormente, había vivido en Puerto San Martín y se había movido en sus círculos de la alta sociedad, sabía que Pedro era el heredero de La Cofradía. Por eso lo salvó y, mientras lo cuidaba, fingió coquetear con él «sin querer». Así empezaron su relación.
Marcos, por supuesto, no aprobaba a Isabel, más aún porque Pedro ya tenía una prometida de su misma clase social, una amiga de la infancia. Marcos le dio diez millones para que dejara a Pedro y usó a la familia Echeverría como amenaza. Isabel rompió con Pedro, pero no aceptó el dinero; en su lugar, se sometió a una inseminación artificial para tener mellizos y asegurarse un plan de respaldo.
Había traído a Leira al país antes de tiempo, pero mantuvo a su hijo Leo oculto en el extranjero para tener una carta bajo la manga contra Marcos. De no ser así, no habría podido entrar tan fácilmente a la mansión Escobar ni lograr que Marcos aceptara su boda con Pedro.
—Cariño, no le hables así al señor, su salud no es buena. No te pelees con él por mi culpa, al fin y al cabo, yo soy la extraña aquí.
—¿Su salud no es buena? ¿Y acaso la tuya sí? ¿Quién dice que eres una extraña? Eres mi mujer.
Dicho esto, Pedro miró a Marcos.
—¿Quieres echar a Isa? Si dices que sí, me voy yo también. No volveré jamás, y no tendrás que preocuparte por si vivo o muero.
Marcos solo tenía ese hijo, ¿cómo iba a dejarlo ir? Al final, tuvo que tragarse su orgullo. Aunque guardó silencio, el fuego de la ira en su interior ardía con más fuerza.
La compañía de entretenimiento de los Escobar estaba arruinada, y sus otras empresas no iban mucho mejor. Proyectos robados, accidentes, falta de liquidez... un desastre tras otro. Y hoy, para colmo, había tenido esa gran pelea por culpa de Isabel.
Marcos se tomaba las pastillas para el corazón como si fueran dulces. Pero aun así, mientras subía las escaleras, sufrió un infarto fulminante. Cayó rodando por los escalones y perdió el conocimiento al instante.
—¡Papá! ¡Papá, despierta! ¡No me asustes! —gritó Pedro, quien terminó acompañando a la ambulancia al hospital.
Isabel se quedó de pie en la oscuridad de la noche, sosteniendo la mano de Leira, viendo cómo la ambulancia se alejaba. Su mirada sonriente era tan suave que resultaba escalofriante.
—Mamá —dijo Leira mirando hacia arriba—, ¿lo hice bien?
Nadie sabía que las pastillas para el corazón de Marcos habían sido reemplazadas hacía tiempo por caramelos idénticos gracias a su querida nietecita.

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