Al ver a Pedro, a todos se les borró la sonrisa al instante.
Martina apretó los puños y dijo con rabia:
—¿Qué haces aquí? Nadie te quiere ver.
Pedro miró a Nerea.
—Vengo a buscar a la directora Galarza para que me trate las piernas.
Kevin se cruzó de brazos y se recargó contra la ventana, mirándolo con desprecio desde arriba.
—Ya había escuchado que al señor Escobar se le rompieron las tres piernas, así que era verdad. ¿El señor Escobar todavía cuenta como hombre?
La «tercera pierna» implicaba la hombría de un hombre.
Al ser humillado de esa manera, el rostro de Pedro cambió de color, pasando del rojo al blanco.
Pero no podía explotar, así que tuvo que tragarse el coraje.
Miró a Nerea y dijo:
—Directora Galarza, ponga el precio que quiera. Solo cúreme las piernas.
Nerea soltó una risa ligera.
—¿Crees que me falta dinero? Además, el dinero de los Escobar está manchado de sangre, no me atrevería a tocarlo.
Pedro apretó los dientes.
—¿Entonces qué necesita para aceptar, directora Galarza?
Nerea echó un vistazo indiferente a sus piernas.
—Tus piernas... puedo curarlas.
—¿De verdad? —Los ojos de Pedro se iluminaron, mirando a Nerea con ansiedad.
—Claro. —Nerea asintió—. Pero no te voy a curar. No importa cuánto pagues, no lo haré.
Pedro aferró los reposabrazos de la silla de ruedas con fuerza, desesperado.
—¿No lo consideraría de nuevo, directora Galarza? Ponga cualquier condición. Lo que sea, con tal de que cure mis piernas.
—Cuando defendiste a Isabel y querías que me arrodillara a lamer tus zapatos, ¿pensaste en este día?
»Cuando compraste a los parientes de Emilia para secuestrarla, ¿pensaste en este día?
Lo liberaron después de estar detenido veinticuatro horas.
Nerea ya se lo esperaba; haberlo hecho fue solo para desahogar un poco su coraje.
***
Tribunal Superior de Justicia de Puerto San Martín.
Esmeralda, Noa y el resto de la familia Robles fueron sentenciados a prisión.
Al escuchar el veredicto, Esmeralda se desplomó en el suelo, pálida y temblando sin control.
Dos policías tuvieron que levantarla.
Cabizbaja y esposada, caminó hacia la salida.
Pero al pasar frente a Nerea, de repente enloqueció.
Empujó a los dos policías con fuerza y se abalanzó sobre Nerea.
—¡Nerea, maldita! ¡Fuiste tú! ¡Seguro fuiste tú, si no Cris no me haría esto! ¡Soy su madre, su propia madre!
El rostro arrugado de Esmeralda lucía grotesco y aterrador, y sus ojos inyectados en sangre miraban a Nerea como si fuera un demonio.

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