Liam y Cristian reaccionaron rápido y empujaron juntos a Esmeralda, que venía a la carga.
—¡Ah! —gritó Esmeralda al caer hacia atrás y golpearse la nuca.
Los dos policías corrieron hacia ella, la levantaron y se la llevaron a la fuerza.
—¡Te maldigo, perra, ojalá te mueras de la peor forma! ¡Que se muera toda tu familia, vete al infierno! ¡Ah, suéltenme, suéltenme!
Ya se la habían llevado a la fuerza, pero sus insultos horribles y sus gritos agudos seguían resonando.
Al escuchar que maldecían a su familia, la cara de Nerea se oscureció.
Liam intentó calmarla.
—Nere, no escuches las locuras que dice.
Cristian asintió.
—Seguro se volvió loca.
—¿Tú crees? —Nerea lo miró—. Si no escuché mal, solo le dieron un año. Ya que está loca, cuando salga dentro de un año, métela al manicomio. No vaya a ser que ande por ahí gritando y lastimando gente como ahorita.
Cristian, al ver la expresión sombría de Nerea, asintió.
—Está bien.
Nerea soltó una risa burlona, con la mirada fría.
—Cristian, de verdad das miedo de lo cruel que puedes ser.
Cristian trató de explicar, ansioso pero impotente:
—No es eso, solo no quiero que te siga haciendo daño.
Detrás venía Noa, con aspecto demacrado y figura lamentable, sin rastro de la mujer ejecutiva y poderosa que solía ser.
Había escuchado lo que dijo Nerea sobre «enviar a Esmeralda al manicomio».
Su mirada destilaba veneno.
Ella también creía que era culpa de Nerea.
Que Nerea estaba metiendo cizaña, porque de lo contrario Cristian no las habría abandonado así.
Las palabras de Nerea acababan de confirmarlo.
Noa no se puso tan frenética como Esmeralda, pero se detuvo un momento.
—Nerea, ya estás contenta. Mi hermano traicionó a su propia sangre y nos destruyó a todos por ti. Debes sentirte muy orgullosa.

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