Por eso, la miraban con una mezcla de distancia y evaluación; una evaluación cargada de una sutil antipatía.
Nerea comía tranquila, en silencio.
Los presentes en la mesa intercambiaron miradas. Luego, el chico sentado junto a Nerea levantó su copa.
—Nerea, soy Moisés Encinas. Bienvenida a casa, brindo por ti.
Nerea giró la cabeza y lo escaneó de arriba abajo. Parecía tener unos diecisiete o dieciocho años.
—¿Ya eres mayor de edad? ¿Puedes beber?
—En casa no hay problema, además soy hombre. Nerea, salud.
—Qué pena —dijo Nerea con una sonrisa cortés—, estoy tomando medicamentos y no puedo beber alcohol.
—¿Ah? —Moisés abrió los ojos con sorpresa.
No solo él; todos en la mesa se quedaron atónitos.
Nerea supuso que planeaban brindar uno por uno para emborracharla y ponerla en ridículo.
—Hagamos algo —sonrió Nerea con astucia—, brindaré con té en lugar de vino, ¿les parece? No quiero despreciar la amabilidad de mi primo.
Tras brindar con Moisés, Nerea miró a los demás y tomó la iniciativa.
—¿Alguien más quiere brindar conmigo?
Nadie dijo nada.
No eran tontos. Si ellos bebían alcohol y ella té, se sentirían como estúpidos.
—¿Solo Moisés me da la bienvenida? —preguntó Nerea con un dejo de falsa tristeza.
Se hizo un silencio incómodo en la mesa.
En ese momento, un hombre más maduro levantó su copa.
—Nere, soy tu primo mayor, Richet Encinas. Los demás aún están estudiando, así que es mejor que no beban tanto. Mejor brindemos todos juntos por tu regreso a la familia Encinas. De ahora en adelante somos familia, hay que apoyarnos y querernos.
Los demás levantaron sus copas y se presentaron uno a uno.
Al final, Nerea alzó su taza con una sonrisa.
—Me llamo Nerea, mucho gusto en conocerlos a todos, primos y primas. Espero que nos llevemos bien.
El plan de emborracharla para que hiciera el ridículo había fallado.
Valentina parecía a punto de llorar. Con los ojos llorosos y mordiéndose el labio, proyectaba la imagen de la víctima perfecta.
Moisés no pudo soportarlo y salió en su defensa:
—Nerea, ¿por qué eres así? ¿Para qué atacas a Valentina? Ya se disculpó y dijo que no fue a propósito, pero tú sigues insistiendo.
—Exacto, ¿hay necesidad de ser tan sarcástica? Valentina no tuvo mala intención.
—Ella no hizo nada malo, solo dijo la verdad. Si no te gusta escuchar la verdad, no culpes a Valentina. Se nota que vienes de un ambiente muy distinto; tienes una mentalidad cerrada, de las que no salen de su pequeño mundo.
La mesa se llenó de críticas. Todos estaban molestos con Nerea.
Esos niños ricos pensaban: Nerea no es una verdadera señorita de la familia Encinas y aun así quiere dárselas de importante.
Solo la llamaban «prima» por respeto a su tío, pero ella se estaba creyendo demasiado.
Nerea no había ido a la casa de los Encinas a hacer caridad, y mucho menos a aguantar groserías.
Un grupo de mocosos malcriados queriendo darle una lección.
Nerea decidió que necesitaba un ejemplo para ponerlos en su lugar.
Mientras lo pensaba, giró la cabeza y miró a Moisés, que era el que estaba más cerca...

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