Nerea dejó los cubiertos sobre la mesa y se limpió la comisura de los labios con una calma deliberada.
—Moisés, ¿te va mal en la escuela o qué?
Moisés frunció el ceño y la miró con desconfianza, sin entender a qué venía esa pregunta.
Nerea lo observó con esa mirada de lástima reservada para quienes no les gira bien la ardilla.
—El hecho de que hayas dicho lo que acabas de decir es prueba suficiente de que tú...
Nerea hizo una pausa, buscando la palabra adecuada. Decidió cambiar «tienes un coeficiente intelectual lamentable» por algo más suave.
—... de que tu mente es demasiado simple. Y la gente de mente simple rara vez saca buenas notas.
La verdad era que a Moisés le iba fatal en la escuela. Las calificaciones siempre habían sido su talón de aquiles y se había llevado bastantes regaños por eso a lo largo de los años. Entendió perfectamente que Nerea lo estaba llamando «idiota».
El orgullo rebelde de Moisés se encendió.
—Nerea, ¿quién te crees para insultarme sin razón?
Nerea no le respondió; siguió con su propio hilo de pensamiento.
—¿Sabes que tengo un hermano menor en casa? Cuando mi hermano comete un error, yo no discuto, actúo.
Mientras hablaba, soltó la servilleta y, sin previo aviso, le propinó un zape en la nuca que resonó en todo el comedor.
—Más respeto con tus mayores. Saluda a tu prima.
Se oyó un golpe seco y la cara de Moisés terminó hundida en el plato.
Nerea, que ahora tenía mucha más fuerza de lo normal, en realidad solo le había dado un empujoncito.
—Ay, perdón —dijo Nerea, fingiendo sorpresa—. No pensé que fueras tan debilucho.
Eso dolió más que el golpe.
Moisés rechinó los dientes de la rabia.
El alboroto en su mesa llamó la atención de la mesa principal, donde estaban los mayores. En las familias poderosas siempre se cuidaban mucho las apariencias y la unidad de puertas para afuera. No importaba cuántas puñaladas traperas se dieran en privado o cuánto rencor se tuvieran; en los eventos formales, había que mantener la paz superficial.
Nadie se atrevía a acusarla. Primero, porque Nerea acababa de regresar a la familia Encinas. Segundo, porque ahora era la médico de cabecera del abuelo.
—Mis primos son muy talentosos y entusiastas —explicó Nerea con una sonrisa radiante hacia los adultos—. Están haciendo una pequeña actuación para darme la bienvenida.

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