Leonardo llegó en una camioneta todoterreno modificada, alta y muy imponente.
Vio de inmediato a Nerea sentada en una banca, sosteniendo un montón de documentos que hojeaba sin parar, tan rápido que más bien parecía que solo les echaba un vistazo.
Leonardo sospechaba que no estaba leyendo de verdad, sino matando el tiempo mientras esperaba.
Estacionó el vehículo a su lado, bajó la ventana y apoyó el brazo en la puerta.
—Disculpe, señorita Galarza. La hice esperar.
Nerea levantó la vista y le dedicó una sonrisa leve.
—No se preocupe, aproveché para revisar unos documentos.
—Suba —Leonardo inclinó la cabeza y desbloqueó la puerta del copiloto.
Sin embargo, Nerea permaneció en su lugar sin moverse.
—¿El señor Rojas tiene novia?
Leonardo levantó una ceja, confundido.
—¿Por qué?
—Hace tiempo vi una noticia. Era de una chava que vio a otra sentada en el asiento del copiloto de su novio y se sintió tan ofendida, creyendo que la otra le estaba coqueteando al tipo, que acabó apuñalándola. Así que el asiento del copiloto de un hombre no se debe ocupar a la ligera.
Leonardo no pudo evitar sonreír y alzar las cejas, pensando al instante en Cristian e Isabel.
Si no había entendido mal, Cristian y esta señorita Galarza aún no se habían divorciado.
Y aun así, esa tal Echeverría no solo se sentaba tan campante en el copiloto de Cristian, sino que encima presumía su amor delante de ella, provocándola sin pudor.
Y la señorita Galarza que tenía enfrente no solo se mantenía increíblemente tranquila, sino que además podía seguir trabajando con Cristian como si nada.
Con ese aguante…
—La señorita Galarza seguro va a llegar muy lejos.
Nerea puso cara de no entender nada.
—¿Mande?
Leonardo no dio explicaciones. Sonrió y empujó la puerta del copiloto.
—Suba con confianza, señorita Galarza. Estoy soltero.
Nerea se subió al asiento del copiloto.
Leonardo la miró y le recordó:
—Cinturón.
—Ya casi entramos a la privada —aunque dijo eso, Nerea jaló el cinturón y se lo abrochó.
La familia Galarza vivía en una zona de villas antiguas en Puerto San Martín. Aunque las casas se veían algo viejas, la vegetación era excelente y cada casa tenía un jardín enorme.
El auto dio varias vueltas hasta detenerse frente a la casa de los Galarza.
Nerea se desabrochó el cinturón mientras explicaba:
—El garaje de mi casa es pequeño; si meto mi coche ya no hay lugar. No pasa nada si deja el suyo afuera, la calle es ancha, no estorba ni lo van a rayar.
—Está bien —Leonardo no tuvo objeción, apagó el motor y bajó.
Sacó los regalos de la cajuela, ocupando ambas manos.
Nerea preguntó por cortesía:
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