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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 999

Esa bofetada llevó mucha más fuerza que una cualquiera.

El golpe mandó a Ricardo directo al suelo, cayendo de sentón.

En cuestión de segundos, la mitad de su rostro se enrojeció y se hinchó como una masa de pan en el horno, latiendo con un dolor insoportable.

Un hilo de sangre con sabor metálico comenzó a escurrirse por la comisura de sus labios.

Le zumbaban los oídos, como si mil mosquitos revolotearan frenéticamente a su alrededor.

Nerea Galarza lo miró desde su posición ventajosa, sus ojos fríos perforándolo como dagas de hielo. Sus labios rojos y perfectos se movieron:

—Mejor te doy un poco de "cariño" yo primero.

Para su horror, Ricardo se dio cuenta de que no escuchaba bien.

La voz de Nerea le llegó como un murmullo distante, zumbando y perdiéndose, como si estuviera a kilómetros de distancia.

Era la primera vez en su vida que una mujer lo humillaba de esa manera, dándole una bofetada.

Claro, otras mujeres lo habían abofeteado antes, pero siempre era en tono de broma, un juego previo en la intimidad.

Pero esto era diferente. Tenía un pitido en el oído, y tanto la mitad de su rostro como su cabeza le pulsaban de dolor.

Ricardo la miró con odio absoluto y estalló:

—¡Maldita zorra! ¡Cómo te atreves a golpearme!

Nerea lo observó con absoluto desprecio.

—Me faltaste al respeto, me acosaste sexualmente. ¿Acaso no merecías que te golpeara? ¿Qué dices? ¿Quieres que te dé cariño en la otra mejilla también?

—¡¿Qué diablos hacen ahí parados?! ¡Entren de una maldita vez! —rugió Ricardo hacia la puerta.

Fuera de la habitación, los cuatro guardaespaldas de Ricardo escucharon sus gritos e irrumpieron rápidamente.

—Jefe —dijeron, apresurándose a levantarlo—. ¿Se encuentra bien?

—¿Tengo cara de estar bien? —gruñó Ricardo, limpiándose la sangre de la boca, y clavó una mirada siniestra en Nerea—. Muy bien. ¿Cómo vamos a arreglar esto?

Nerea preguntó:

—¿Y cómo quieres arreglarlo?

La actitud y el rostro de Kevin no parecían los de alguien que estuviera mintiendo.

¿Sería posible que esta mujer realmente no fuera de Kevin, sino de su hermano, Leonardo Rojas?

Aunque a Ricardo le imponía cierto respeto el nombre de Leonardo, pensó que, a fin de cuentas, no había hecho nada tan grave ni había soltado comentarios demasiado vulgares. Por el contrario, ella le había dado una bofetada.

Estrictamente hablando, él no tenía la culpa de nada; ella era la agresora.

¿Qué importaba que fuera Leonardo Rojas?

La familia Villarreal no estaba pintada en la pared.

—Kevin, no intentes usar a tu hermano para asustarme. Solo quería conocer a tu cuñada, no le hice nada. Pero ella sí me agredió físicamente, y mi cara es la mejor prueba. Más les vale pedirme una disculpa ahora mismo y haré de cuenta que esto no pasó.

—¡Pues si tú no vas a hacer nada, yo sí! —intervino Nerea.

—¿Todavía piensas llevar esto más lejos? —Ricardo miró a Nerea, incrédulo.

—Ricardo —habló Doña Salomé con autoridad implacable—. Aprovechando que esta anciana todavía tiene la paciencia de hablarte civilizadamente, ¡lárgate de aquí ahora mismo! De lo contrario, tendré que enseñarle modales a las nuevas generaciones en nombre de tu familia.

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