En la Suite VIP de la boutique.
Al ver a Kevin entrar, Doña Salomé preguntó:
—¿Ya te encargaste de eso?
Kevin asintió.
—Sí, ya está resuelto.
—¿Cómo lo hiciste? —insistió Doña Salomé.
Si se tratara de cualquier otro asunto, no haría más preguntas, pero su odio por esa mujer era visceral.
Incluso si pudiera despellejar viva a Cristina, eso no sería suficiente para apagar la furia en su corazón.
Después de todo, su nieto jamás volvería a ser el de antes. Aquel Kevin rebosante de energía, elegante y con ese brillo especial en la mirada, había desaparecido.
¡Era una espina clavada en su corazón que nunca dejaría de doler!
Por eso, su odio hacia Cristina solo se había intensificado. Ya que había tenido el descaro de presentarse ante ella, no iba a dejarla ir tan fácilmente.
—Cristina ahora pertenece a la familia Villarreal y es la esposa de Ricardo. Si me ensuciaba las manos, le daría motivos a la gente para hablar, e incluso podría ofender al pez gordo que intervino en su momento.
—¿Y entonces? —Doña Salomé frunció el ceño con disgusto—. ¿Simplemente la dejaste ir?
—Abuela, creo que me tienes en un concepto demasiado bueno —dijo Kevin, sentándose junto a ella y tomando la taza de té que le ofreció el mesero—.
—Simplemente le insinué a Ricardo que ella es una mujer de cascos ligeros y que le está adornando la frente. Él mismo se encargará de darle su merecido.
Al escuchar esto, el ceño de Doña Salomé se relajó.
—Lo manejaste muy bien. Que Ricardo le dé su merecido es mucho mejor que si lo hicieras tú. Es su propio karma, y ya es hora de que pruebe las consecuencias de sus actos.
Mientras hablaban, la puerta del vestidor se abrió.
Nerea Galarza salió de adentro.
Kevin se detuvo con la taza a medio camino, con la mirada fija en Nerea, apretando el agarre con fuerza inconscientemente.
Ya se había convencido de dejar ir sus sentimientos.
Pero en ese instante, al ver a esa mujer frente a él, tan espectacularmente hermosa que era imposible apartar la mirada, algo se quebró dentro de él.
Por una fracción de segundo, deseó romper las cadenas de la sangre y los lazos morales para convertirse en un completo villano. Quería ignorar el amor fraternal y robarle la esposa a su propio hermano.
Doña Salomé miró hacia la zona de juegos infantiles, donde Sofi y Emilio estaban armando bloques.
Luego, devolvió su atención a Kevin.
—Kevin, dime la verdad, ¿qué sientes por tu cuñada ahora?
Kevin ya había enterrado sus emociones.
—Nada. Solo es mi cuñada.
Doña Salomé asintió; esa respuesta le daba paz.
—Tranquila, abuela. Sé muy bien cuál es mi lugar.
—¿Y qué hay de ti? —Lo miró con preocupación, sus ojos reflejando una profunda lástima.
Leonardo y Kevin eran sus nietos. Ahora que Leonardo disfrutaba de un matrimonio feliz, solo quedaba Kevin, cuyo camino en el amor había estado lleno de desgracias, lo que le partía el corazón.
Kevin pasó un brazo por los hombros de su abuela, abrazándola con cariño.
—No te preocupes por mí, abuela. Ya sabes lo que dicen, cada quien forja su propio destino. Seguro mi oportunidad llegará más adelante, las mejores cosas toman su tiempo.

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