Chela era la mujer más temida y odiada del pueblo.
Su filosofía de vida era simple: ella podía aprovecharse de los demás, pero si alguien intentaba aprovecharse de ella aunque fuera un poco, se paraba en la entrada del pueblo a maldecirlos hasta el cansancio.
Podía gritar e insultar desde la mañana hasta la noche, sin dejar que nadie en el pueblo viviera en paz.
Además, era brutal a la hora de pelear.
Era alta y corpulenta, y la mayoría de las mujeres no eran rival para ella.
Se la pasaba peleando con las vecinas: les arañaba la cara, les arrancaba el cabello. Por eso, nadie quería cruzarse en su camino ni tener el menor trato con ella.
Cuando don Hipólito vio que Chela estiraba las manos para arañar el rostro de Nerea, se puso pálido del susto, con el corazón latiéndole a mil por hora.
Nerea tenía un rostro hermoso y radiante. ¿Qué pasaría si esa arpía se lo arruinaba?
¡¿Qué haría entonces?!
¡¿Cómo podría darle la cara al espíritu de Mateo si no lograba proteger a su esposa?!
—¡Nere, cuidado! —gritó don Hipólito, corriendo hacia ella.
Leonardo cortó la llamada con la policía y lo tranquilizó: —Tranquilo, abuelo. Nerea puede manejarlo.
Pero apenas terminó de hablar, ¡las uñas de Chela dejaron un rasguño sangrante en la mejilla de Nerea!
Las pupilas de Leonardo se contrajeron de golpe, una vena saltó en su sien y por poco hace añicos el teléfono que sostenía.
Don Hipólito sintió una punzada en el pecho y rugió: —¡Chela, eres un monstruo! ¡Te vas a pudrir en el infierno!
En ese momento, Chela volvió a levantar las manos hacia Nerea...
—¡Graciela Montes, detente ahora mismo!
—¡Nere! —La voz de Leonardo sonó profunda, grave y peligrosa.
Aproximadamente una hora después, la policía llegó.
Chela fue la primera en romper a llorar, soltando lágrimas y mocos mientras se quejaba a gritos.
—¡Señor oficial, por fin llegan! ¡Tienen que hacer justicia! Yo solo quería ayudar a mis vecinos con buenas intenciones y me acusan de ladrona. ¡Me golpearon, me ataron aquí y no me dejan ir a mi casa! ¡Esto es un secuestro! ¡Arréstenlos, por favor!
Una oficial mujer se acercó para calmarla. —Señora, tranquilícese. Una vez que investiguemos los hechos, la justicia se pondrá del lado correcto.
—¿Qué quiere decir con eso? —estalló Chela—. ¿Acaso insinúa que yo no soy la víctima? ¡Míreme, véalo con sus propios ojos! Me amarraron como a un animal y me rompieron la mano, ¿eso no es prueba suficiente? ¡Lo que digo es la pura verdad, qué más tienen que investigar! ¡Llévenselos presos!
—Lo siento, pero tenemos un protocolo que seguir —respondió la oficial, manteniendo una sonrisa impasible.
—¡¿Q-qué significa eso?! ¡No quieren defenderme, ¿verdad?! ¡¿Así es como tratan a la gente humilde?! ¡Dios mío, quieren matarme a disgustos! —Chela se dejó caer al suelo, golpeándose el pecho y la tierra en medio de su rabieta.
—¿No decías que tenías la mano rota? ¿Cómo es que puedes golpear el suelo con tanta fuerza? —preguntó Nerea, observándola con una sonrisa irónica.
—¡¿Tú?! —Chela se quedó helada.

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