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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 952

Efectivamente, en aquel momento sintió un dolor insoportable, ¿pero por qué ya no le dolía tanto?

La razón era que Nerea solo le había dislocado la muñeca por un instante, causándole un dolor agudo, pero inmediatamente después se la había vuelto a encajar.

Tras el reacomodo, quedaba una molestia persistente, pero no una fractura real.

Por eso Chela pensó que le habían roto la mano, hasta que el dolor comenzó a desvanecerse y su cuerpo, por instinto, realizó el movimiento de golpear el suelo.

—Ahí lo tienen, está mintiendo —dijo Nerea, girándose hacia la oficial—. Esto demuestra que no se puede confiar en su palabra.

—¡Me estás difamando!

—¿Qué interés tendríamos en difamarte? Además, nosotros tenemos pruebas. ¿Tú las tienes? ¡Acusar sin pruebas, eso sí es difamar!

Nerea sacó su computadora portátil y reprodujo las grabaciones de las cámaras de seguridad.

Lo hizo frente a todos para que no solo la policía lo viera, sino también los vecinos presentes.

Después de mostrar el incidente de ese día, Leonardo buscó el video de la tarde anterior, donde se veía claramente a Chela robando la carne ahumada.

Don Hipólito exclamó indignado: —¡Yo sabía cuántos trozos de carne tenía! Ayer noté que me faltaba uno. ¡Resulta que eres una ladrona profesional!

Los vecinos empezaron a mirar a Chela con asco y desprecio.

—¡Con razón! La semana pasada se me perdió una gallina y no la encontré por ningún lado. Seguro fue ella quien se la robó.

—Ahora que lo dicen, yo conté cuatro coliflores en mi huerto, y al día siguiente solo había tres. ¡Seguro también fue ella!

—¡Qué poca vergüenza! ¿Cómo podemos tener a alguien así en nuestro pueblo? Oficial, llévesela ya. No podemos vivir tranquilos pensando que nos va a robar en cualquier momento.

—Exacto, esa gente tiene que ir a la cárcel a aprender la lección.

Chela y Juan, quien se había escondido como un cobarde en su casa, fueron subidos a la patrulla y llevados a la comisaría.

Nerea y su grupo también fueron, llevando a don Hipólito y a los vecinos que habían sido testigos, para rendir sus declaraciones.

—Muchacho... ¿crees que podrías ponerle cámaras también al gallinero y a los corrales de los cerdos y los patos? —preguntó don Hipólito, mirando a Leonardo con ojos llenos de esperanza.

Al pensar en las gallinas que esa mujer le había envenenado, sintió una punzada en el corazón.

Si no estuvieran muertas, podría haberles dado unas cuantas a Nerea y Leonardo antes de que se fueran.

Leonardo sonrió. —Ya están instaladas, abuelo.

—¡Esa es una maravilla! —El anciano soltó una carcajada.

—Mira, abuelo, esta es la tableta —dijo Leonardo, sacando un dispositivo que venía incluido con el sistema de seguridad.

—¿Y eso para qué sirve? —preguntó don Hipólito, curioso.

—Desde aquí puedes ver todas las cámaras y las grabaciones. Ven, siéntate, te enseñaré cómo usarla. —Leonardo se acomodó a su lado—. Este botón es para encenderla. Aquí ves cuánta batería le queda. Por acá se carga. Y si tocas esta aplicación..."

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